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8月24日

Also Spracht dicht Eloisa...

eloísa 6 022

 
La Eloisa expresa su opinión ante la situación actual del país...
y aprovecha de saludarles a todos!!!
 
La Eloisa manifesta la sua opinione sul governo Berlusconi...
e saluta anche tutti i suoi amici Italiani (specialmente Monica Lovato)
 
3月10日

Cum gaudio nuntio Vobis: Habemus Eloisam!!!!!

Les presento a la Eloísa Luna Fernandez Mancisidor....

(vi presento alla Eloisa)

Primer día de vida -primo giorno di vita- O primer dia de vida

 
Marzo 2008 443
Tempranamente manifiesta su preocupación por el sistema escolar vigente en Chile...
eso que no ha visto todavía a Yazna Provoste
 
Marzo 2008 387
 
Eloísa Luna, nacida el 8 de marzo después de un aguacero
pesó 3 kilos 300 y midió 49 centímetros
Cansada de la tarea de nacer (a sabiendas que nacer siempre es un dolor -dice Galeano)
durmió todo su primer día en compañía de sus padres y familiares
más algunas visitas a las que ignoró para poder dormir como Dios manda...
 
 
Marzo 2008 372
 
El padre (ligeramente conmocionado y ampliamente maneado) toma en brazos a la Eloísa
que no entiende que pretende este buen hombre. posteriormente el Padre declararía que la emoción
que posee en estos momentos solo es comparable a la conciencia de estar vivo en medio de un concierto de U2....
 
Pola y Elo
 
Madre e Hija posan tranquilamente ante el ojo mecánico
 
Polilla
 
La Madre mira con ternura a su esposo, seguramente un poco impresionada de los esfuerzos
sobrehumanos que realiza ya que no logra entender como se hace un soneto alejandrino,
como funciona un sextante, qué dice Pedro Carcuro cuando habla y como se cambia un pañal...
 
 
 
 
 
 
 
1月31日

Bienvenida Eloísa!!!!! (Preparación Remota)

 
 

Pedro Abelardo y Eloísa

No quiero ser filósofo contradiciendo a san Pablo ni ser un Aristóteles para separarme de Cristo, porque no hay otro nombre bajo el cielo que me pueda salvar. La piedra sobre la que he fundado mi conciencia es aquella sobre la que Cristo ha fundado su Iglesia.

(P. Abelardo, carta a Eloísa)

 

Pedro Abelardo (1079-1142) fue un gran filósofo y pensador medieval.  Abelardo, además de la práctica de la enseñanza, fue conocido como artista porque dedicó mucho tiempo a la ejecución y cultivo de la música, componiendo en lenguaje sencillo y usando lengua romance canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera sus estudiantes. Tal vez ese sería el fondo de su relación con Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París, a quien conoció alrededor de 1115; este le confía la educación de Eloísa, como su preceptor, cosa que hace tan bien que terminaron enamorándose y durante un tiempo mantienen su relación en secreto, durante los años 1117-1119. El escándalo explota al saberse que Eloísa espera un hijo.
La historia se vuelve más escabrosa, ya que al explotar el escándalo Abelardo secuestra a Eloísa y la lleva a casa de su hermana en Le Pallet. Recordemos que para ser catedrático de la universidad de París se requería el celibato como requisito. Fulberto, a este punto ya vuelto el enemigo más implacable de Abelardo, exige reparación por medio del matrimonio (no sin la reticencia de Eloísa, seguramente consciente de las consecuencias para su Amado), que acaba celebrándose en secreto. Fulberto, para lavar el honor de su sobrina, difunde la noticia. Abelardo, según su propia autobiografía, molesto por haberse difundido la noticia (que evidentemente le quitaría las cartas patentales para la enseñanza) en un intento de apaciguar las aguas envía a Eloísa al monasterio de Argenteuil. Fulberto, sintiéndose engañado revienta en cólera, soborna a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, proceden ‘a reparar’ el agravio, dándole una paliza, que termina con la castración de nuestro héroe (¡!) para después huir como buenos y valientes vengadores. La justicia tomo presos al mal criado y a algunos de los agresores, recibiendo un castigo proporcional a la falta: la mutilación de los ojos, además de la castración, en tanto que el canónigo Fulberto –que corrió la suerte de los influyentes de la tierra- fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes, cosa que seguramente le dolió más que el ostracismo. Abelardo, humillado, se esconde durante un tiempo en Saint-Denis donde trata de vivir como monje, y manda a Eloísa hacerse monja en Argenteuil, seguramente bajo presiones y para evitar mayores desgracias y calamidades. Del hijo – Astrolabo- nunca más se supo. Del destino de ambos haremos mención más adelante.
Las cartas existen en varias versiones: Cartas de Abelardo y Eloísa, Trad. y notas R. Santidrián y Manuela Astruga, Alianza, Madrid, 1993., Cartas de Abelardo y Eloísa, Historia Calamitatum, Trad. de Cristina Peri-Rossi, Hesperus, Barcelona , 1989.
 

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Abelardo y Eloísa

1月21日

Tiempo Blanco (Hodie mihi, cras tibi)

Tiempo Blanco (Hodie mihi, cras tibi)

Me da escalofríos pensar en todos aquellos que, sin estar hechos para mis ideas, se reclamarán de mi autoridad.

(F. Nietzsche, Ecce Homo)

Pokriva nas tama joj./ A ja se pitam moja draga,/ Sta ce biti sa nama?

(La oscuridad nos tapó,/ ¡ay! Y yo me pregunto, mi amor, /¿qué será de nosotros?)

(G. Bregovic-E. Kusturica- Mesecina,)

 

Acabamos de llegar de una visita a Cartagena. Fuimos a oír la música de  Goran Bregovic en una ciudad que agoniza entre el olor a mierda y desperdicios. Cuesta imaginarse el elegante y exclusivo balneario de principios de inicios del siglo XX, entre tanto abandono, tanto abolengo desvencijado y destartalado, tanto pasado esplendor opacado por tan profunda y fiera dejadez. Es como si el paisaje se hubiera llenado de inquilinos, de hijos ilegítimos, de prostitutas viejas que graciosamente dan el paso a los travestis que pululan las ampolletas pintadas de colores con témpera. Parece que los veraneantes se fueron hace años y se quedaron los fantasmas y los más pareas de nuestra sociedad de mercado. Pareciera ser un punto de encuentro de las bandadas migratorias que no tienen a donde ir. Cartagena, en el tiempo y con el tiempo, se ha convertido en el resumidero, en la cloaca, en la canal que arrastra la humanidad en carne viva de un Santiago que hiere de muerte todo lo que queda cerca de su corazón que bombea basura, veneno y desencanto. Al lado del mar y tan próximo a Santiago.

Artaud decía que dónde huele a mierda, allí está el ser… una vuelta por la antaño fastuosa terraza, entre la playa chica y la grande es un dar un paseo por lo que ha ido dejando de ser y que hiede, en la medida que deja de ser, con más fuerza que cuando era. No se trata solo de los palacios y castillos de madera que en el tiempo dieron paso a hoteles y residenciales, que a su vez dieron espacio a casas abandonadas, entregadas a su suerte de grietas y cornisas desprendiéndose, sino del hedor nauseabundo de la nada que se trepa por cada escala, atraviesa cada madera, se mezcla por entre cada caja de vino dejada en su vacío a su suerte, por cada bolsa de basura entregada al viento, por entre cada pañal de guagua o toalla higiénica que, después de utilizado, engrandece el repertorio arqueológico de la costa central, entre huesos de pollo, latas de cerveza y cáscaras de huevo. Así es que los que vienen a habitarla, ya no dejan su nombre escrito en las paredes, sino que dejan su mejor mojón y sus mejores papeles con caca en los recovecos de una ciudad que soñó ser la copia feliz del edén y no el wáter a tajo abierto más grande del pacífico.

La mencionada terraza da cuenta, como un cordón umbilical del desuso en avance, del estado tendiente a la nada de la ciudad, que va desde miradores, restaurantes, el retén móvil de carabineros, los quioscos donde hacen tatuajes o trenzas bahianas, los juegos electrónicos, la lotería familiar, el santuario de la virgencita inmaculada, las casa que, por sus ojos ciegos, ya no miran al mar. Todo como una acequia que arrastra meados y mierda, hombres y mujeres, de años de mala memoria y poca voluntad. La gente que vive en ella –en invierno- tiene los ojos llenos de nostalgia azul y marítima, para llenarse de una rabia parecida al amarillo-café del destierro. No sacamos nada con recordar, en vilo por la duda de si era como lo contamos, la casa de Vicente Huidobro, Poli Délano o el tremendo suicida Tellier. Ellos viven en los libros, mientras que la ciudad vive en las grietas que conducen al desmoronamiento edilicio de un sueño al que llagaba en tren la fina selección oligarca y clasista,  y que hoy está poblada por sombras, por espectros que por quina venden el alma al diablo con la novedad para los regalones. Es que ahora se llaga en buses piratas, proscritos de la ciudad, pero que dejan su cargamento cada verano para que desparramen su bulla e intranquilidad por todas partes. Todos tienen derecho a veranear.

Recuerdo haber amado esa ciudad en los veranos de la infancia, en casa de la Señora Lola, entre pitus porus y los pinos, duchándose con la manguera en el patio luego de un tremendo día de playa, sin saber de lo nocivo de los rayos UV o de la contaminación de la playa, o en la tarde vagando por la Marina hacia los juegos y los quioscos de novedades playeras, cuando ser flaite no era un pecado capital, Bregovic no había salido de los Balcanes y el mundo olía a mierda fresquita y no a esa nada nauseabunda que avanza por este país sin memoria, ni tenía esta sensación de estar escribiendo un réquiem para algo muerto en mi mismo.

1月2日

Hic haec nunc: a un año de tiempo en el tiempo

 

“Mucho me temo que no conseguiremos desembarazarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…”
(F Nietzsche, el Ocaso de los Ídolos)

 

Parece que fue ayer: hace más o menos un año que quemé mis naves, reajusté mis sueños y me tiré a explorar un planisferio existencial que narra el anfiteatro de una esperanza más módica, posible y humana con vista al mar. Es más que claro que no se trata solo de ir a comprar el pan, cruzar la ciudad por su cintura hecha camino o ir a buscar la fruta al mercado el domingo a eso de medio día, cuando las campanas de San Francisco se han quedado silenciosas de sus recuerdos. Sabemos que tampoco se trata sólo de poder mirar el mar cada tarde con la tranquilidad celeste de los marineros que una vez después de muertos ponen pie en tierra y dicen esos amores que murieron en un día de otros años. Ni de arrancarle una página a Rimbaud para secar la cerveza derramada o sentirse un poco Moisés por haber sido salvado de una caída del ascensor que me regaló por recuerdo el dolor en la rodilla derecha. Se trata de ser el navegante de uno mismo, teniendo en cuenta que el reloj corre en nuestra contra, que las sábanas del amor se han vuelto mortajas, al secarse en los patios de baldosas o entre las matas de malva y romero de los jardines de las casas que se han ido volviendo la mía. Eso es vivir en Valparaíso. Eso es lo que marca la diferencia un poco cabeza arriba un poco de costado para abajo.

 

En el tiempo el amor nos ha dejado más de una huella en la piel. He visto pieles que nos son otra cosa que sofisticados mapas de soledad y desaciertos. Soledades concurridas como procesión (eso se lo robé a Benedetti) o que como barcos envejecidos se tumban en la playa para dejar algo de sí entre óxido y caca de gaviota. En mi piel se ha disipado la canción que despeja Nueva Zelanda, la propuesta de un viaje de ida o la invitación a permanecer en el verdor hiperbóreo o la lluvia que sumerge en un recuerdo hermoso –aunque inviable- de Minas Gerais tierra roja adentro. Ha desaparecido, no sin dolor, la esperanza de los trenes que van y vienen por el Piamonte dejando sus fierros enterrados en la arena, que ni duelen, ni hieren, sino que se quedan como un recuerdo silencioso que limitan con mi vergüenza. Esas y otras huellas, me han quedado de tormentas acurrucadas en mi almohada, trepadas en las torres de mis iglesias desvencijadas o por entre mis libros, que no solo acumulan polvo sino que contienen una vida detallada entre flores y luces, que parecen lágrimas sobre un cielo negro y espeso.

 

Es año nuevo y Valparaíso está atiborrado de gente, Santiaguinos, Argentinos y gente que viene de quizá que parte a pasar el último día del año. En esas condiciones pasan más cosas en la ciudad: cuesta ir a cualquier parte, el mercado está lleno y el hipermercado rebosa de gente que se aturde comprando, la misma que se va a aturdir celebrando los juegos de artificio o bailando trance electrónico en el muelle Barón hasta eso de las 8 de la mañana, para aturdirse durmiendo la resaca en las plazas de esta ciudad un poco acequia de lo humano (eso se lo copié a González Urízar) o el gran miadaero de primer día del año. Ellos que me dejan medio aturdido por la bulla, la contaminación y un silencio de vacío que no llama a tirarse dentro sino más bien a aguantar la respiración y dar una vuelta por la plaza de la Matriz que no deja de parir mendigos, borrachos, locos y poetas. Aturdidos todos ciertamente.

 

En casa pasamos la noche de año nuevo en familia. Había pasado muchos años nuevos de las maneras más diferentes: bajo la nieve (gluckliches Neues Jahr), durmiendo en una estación de trenes (por haber perdido el tren: Happy New Year ), o aturdiéndome como masa entre el frío y el champaña de una plaza de Roma (capod’anno). Ahora todo fue más íntimo, en el balcón de nuestro departamento mirando los juegos de artificio. Así, exactamente, suena tremendamente burgués, pero así fue, desde mi balcón porteño, de donde cuelga nuestra Eloísa que se nos viene regalándonos todo el paisaje de una ciudad hecha de retazos de gentes venidas a aturdirse a estas tierras de genios aturdidos, buenas ideas aturdidas y tiempos permanentemente pretéritos, además de aturdidos. La pirotecnia fue de lujo. Costó más o menos unos 300 millones de pesos y los vieron algo más de un millón de personas, dejando como 8 toneladas de basura. Cifras para reflexionar –ciertamente- aunque yo haya, desde hace un buen rato, renunciado a decirle a otros como deben vivir lo que yo no vivo.  En fin allí nosotros celebrando un nuevo año de una nueva vida que nos puebla y desborda.

 

Me acordé de eso que es mejor no llevar tanto equipaje cuando el mundo te tira para abajo. Gracias Charly por colaborar con mis días. Lo mismo con la poesía, lo mismo con el trabajo intelectual, lo mismo con las ideas de salvar el mundo, ayudar al otro y vivir tratando de ignorar la inconsecuencia. Y así me encontré esta última noche del año apoyado en la baranda del balcón de mi casa, esperando otro tiempo para seguir cambiando, trabajando en ese artículo sobre Joaquín de Fiore que no me sale, la lectura del Günter Grass que me tiene agarrado del beat de un tambor enano, las Farc, Chávez y el volcán de Temuco… hace un año que me vine por mi cuenta a tratar de despertar de mis sueños, a dar norte a mis geografías mudas de cartografías, de saberme un poco paria, un poco maldito y tan corriente como cualquier hijo de vecino que espera su sueldo para dar pasos hacia el futuro esplendor, la fotocopia del edén o del balcón que me permita ver otros año nuevos, aturdidos, pero nuevos.

8月23日

Hic haec nunc

Todo invitados al aquí y ahora:
 
 
Buenas salenas Tito
1月3日

El fin de los futuribles: nada es eterno, todo se consume, todo se acaba,

 

todo vuelve sobre si mismo, todo retorna implacablemente.

 

 

 

“...Ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido./ Aparecen las flores en la tierra,/ el tiempo de las canciones ha llegado...”

(Cantar 2,11-12)

 

“Aquello que se hace por amor, acontece siempre más allá del bien o del mal.”

(F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, 153)

 

 

 

Hace un año aparecieron en mis horizontes los futuribles. En origen se trataba del título para un grupo de textos relativos a la mirada sobre lo que hay o no hay, en mí o conmigo y decantó, casi sin proponérmelo en fotos que narran aquello que se encuentra del mundo ante mi lente.  Uso lentes desde muy temprana edad y ha sido irremediablemente mi manera de acercarme al mundo: la mirada mediada por un vidrio para verte mejor mundo. Los futuribles asoman como un juego raro de inestabilidad y movimiento, que iba adueñándose de todo como si fuera la extensión del hablante lírico, que ni escribe ni habla, sino que solamente mira. Todo quedaba atrapado en los espacios curvos del obturador, que describe las cosas como un reflejo que termina por disolverse en forma, color y luces: ninguna poesía ha podido hacer eso todavía. Los textos se perdieron, las imágenes se han de quedar flotando en las retinas de quienes las encuentren.

 

Creo que se trataba de una manera, algo torpe, de demarcar que en mis lugares, antiguos y deteriorados, había un asomo, breve y luminoso, de una esperanza insostenible, aunque bella e imposible. Sabiendo que toda esperanza es un acto cruel que nos hace esperar que en la vida haya algo de bondad para nosotros. Mantener el blog fue trabajo de búsquedas erradas, caminos perdidos y tentativas extraviadas que arrojaban resultados, si no bien asombrosos, al menos preocupantes. El francotirador ciego, la definición que Anna Maria Tonin tuvo para mi hablante lírico, que disparando en las sombras daba exacto en el blanco, tuvo que aprender a mirar con detalle cada cosa en que acontecía o cada dolor en dónde se desnacía prolijamente. Y dónde no podía derechamente ver, tuvo que aprender a oler y oír los colores y las formas. No es fácil que un ciego por opción vuelva a ver. Por eso, los futuribles no eran cosas que pasarían en algún después cercano o lejano, sino que, en un aquí y ahora, cada vez más trunco e inmediato, articulado en ese dulce nunca de las promesas que uno se ve forzado a hacer, sabiendo que no se pueden cumplir, y que no se van a cumplir nunca.  No hablamos de la dulce y cómoda sinvergüenzura sabiniana, ni del acento de los marineros que besan y se corren muy frescos de raja, sino más bien del deseo de ocupar todo tiempo muerto como espacio fecundo. Ese placer es la vértebra central de cada foto.

 

Concretamente la idea nace en el Aeropuerto de Sao Paulo –Brasil-esperando a que un pedazo de terruño volante de Lan me devolviera a mi ciudad capital, a mi barrio, marginal y peligroso, a mi familia afectiva e incansable y la cascada de sentimientos que me habitaban por ese entonces. Y quería ser una suerte de hemorragia nasal donde las mejores palabras pierden su ancla y su sentido, para salir desaforadas por los cauces más increíbles, inundando ojos y orejas, devolviéndose por la garganta, sobrepoblando la boca y las narices para producir una sensación de ahogo capaz de decir todo sin nombrar nada. Si leen de corrido, sin respirar, repetir o detenerse, el párrafo anterior van a entender muy bien lo que quiero expresar. La idea entusiasmó a Mike Van Treek, escandalizó a la Hermana Paulina y confundió a Marina Latorre. En simples palabras, buscaban que fueran “esos textos” que no pude redactar porque al momento de concretizarlos me tembló la mano, me distraje con lo que pasaba por mi costado o me olvidaba dónde tenía la libreta de anotaciones, en el desorden de la mochila de viaje.

 

La textura de los futuribles nace con la tierra roja de Uberlandia, con el olor a la foresta espesa que me hizo oler húmeda e indomable. Nace de un sueño de atravesar mares, dominar continentes y, como los grandes aventureros, mentir para esconder cada derrota, cada fracaso. Es parte del deslumbramiento ante un pueblo hermoso y endémicamente feliz. O simplemente el encantamiento disuelto por noches de lluvia, por la distancia y lo perecedero, que siempre nos acecha. Después la imagen fue tomando la arcana textura europea, como lo que no se deja contar ni recordar; fue el espacio atravesado por una promesa fulera, un futuro blandengue y enclenque incapaz de sostener el aquí y ahora. En Borgomanero los futuribles se convirtieron en un recuerdo o una amenaza de primavera en un jardín permanentemente equivocado. Los textos que iban a acompañar a algunas fotos fueron esbozados en la mesa de la cocina de la casa que me acogió dulce y tristemente entre cafés y empanadas de queso, aunque seguramente terminaron extraviados entre las carreras para no perder la coincidencia (que nunca coincidía) de trenes entre Milán y Roma. Poner solo las fotos nace como una idea a partir de una foto que tengo por ahí guardada de cuando tuve 5 años, vestido como testigo de Jehová... y no poner los textos por una carta de amor que se me perdió irremediablemente en el correo.

 

Así irrumpe mi retorno a Chile, rasgando mi pupila cansada de nerudismos y nerudianas, y se hace un tiempo fecundo y peligroso, un momento de cambios, la lucha desesperada y exasperante por mantenerse fijo en un espacio y tiempo que se disuelve. Había estado lejos muchos años, con una muerte de Sumo Pontífice, una elección de un nuevo Sumo Pontífice, a Papa muerto Papa puesto... un paseo por África, la famosa guerra inmoral de Bus y el mirar a la primera presidenta mujer desde lejos. Una suerte de Homero que regresa a su Ítaca sabiendo que es el inicio inevitable de nuevos rumbos, de nuevos encuentros y nuevas esperanzas, más modestas, menos pretensiosas y casi factibles, además de posibles.

 

Así fue que las montañas tomaron formas de mujer y me fueron alimentando de su helada leche hasta encontrarme encaramado y silencioso en un puerto que me acoge como un vientre protector de asaltos y temporales.  Era el amor, advertía el ciego en su falso laberinto, es el amor, insistía mientras rasgaba con una gillette una hoja de plástico con un nombre doloroso de piel y deseo.  Pero cuando uno vive la soledad como vocación personal no escucha a las gargantas de papel que advierten distraídas en el camino lo que nos va a pasar. Así los autobuses me llevaron hasta llegar a la oscuridad salina y la ternura olorosa de lo amado. Había que huir pero todo me llevaba hacia los yambos de la amada Ayün, a los espacios de Paola, la dueña de la mesa en que escribo estas líneas, en quien me he vuelto a asomar a la vida, por quien me he dado cuenta que los futuribles no dejan de ser aquí y ahora. Sabemos por el antipoeta siútico y mago que no hay amor ilegítimo. Eso lo hemos vivido.

 

En el intertanto han pasado muchas cosas: el Colocolo ha perdido como siempre, Pinochet – en un acto de relativa dignidad- ha decidido morirse, dejando un festival de buitres y hienas huérfanas. Y yo he cambiado radicalmente: he cambiado de ideas, de ropa, de calle y de opciones de vida. He dejado –no sin tristeza- mi espacio seguro en la institución franciscana, para buscar disolverme en el carisma del pobre loco enamorado del Evangelio. He comenzado a cambiar mi estructura de personalidad, mi carácter y mi historia. Estoy cambiando mis letras y el tono con que desvirgo las palabras. Con mi ganzúa he intervenido el pasado y me dejo navegar por cosas que no había visto ni hecho, pese a conocerlas a la distancia. Ya no pago 380 para ir a donde quiero sino que voy a todas partes a pie, además de que no tengo muy claro a donde quiero ir.  Antes me miraba al espejo y sabía amargamente quien era, ahora descubro eufóricamente que no sé quien soy, y ciertamente no es tan importante saberlo. Así dejé mis seguridades de futuros precisos y urbanizados, por un aquí y ahora sin muchas proyecciones sino el descubrimiento admirado de lo que hay y de lo que no hay, justo en el punto donde la tristeza de lo que perece se mezcla con el breve infinito de su existencia. Así aparecieron otras cosas, surgieron nuevos textos y se multiplicaron los días de la bonanza... ya es verano. El costo de esto siempre es alto: someterse al juicio imprudente de los mojigatos, de los que no entienden o de los que temen al movimiento... pero vale la recompensa de besos y amor, de fiesta y encuentro cotidiano.

 

Y los futuribles no fueron. Cada mezquina pretensión se disolvió y se quedó un signo sin referencia a nada. Una suerte de mudez desemparentada de la sordera. La necedad pura que insiste a contracarne en cosas que no se darán, lo que no ha de ser, aquellos que persiguiéndonos toda una vida, nunca nos va a dar alcance. Por eso, con una bala de gracia, parecida a una mala palabra pintarreajada y dibujada como un tatuaje, me permito dar fin a los futuribles –para que no sufran- e iniciar un nuevo espacio que hable del aquí y ahora, ese que serenamente vivo, cada día, en Tocornal 290, casa 4, Cerro Barón, Valparaíso. Con boca enamorada, cada día ella me besa siempre igual... 

 

 

Tito Fernández Cubillos

 

11月12日

El amor en juego o el juego del amor

algunas heridas que al sol parecen flores)
Texto aparecido en el Saber, Viernes, 8 de Julio de 2005

"Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra..."

(Julio Cortázar, Rayuela Capítulo 6)

 

1. "El amor esa palabra"

Escribir o hablar del amor es siempre emprender un discurso en primera persona por las tortuosas y no siempre claras rutas de la experiencia. No se puede hacer un discurso académico sobre el amor y menos una teoría medianamente satisfactoria, ya que el misterio del amar es una cosa que nace, yace y muere en el sujeto que la experimenta. El amor, como la muerte, aparece en las experiencias límites del sentido de la existencia humana. Roland Barthes, en su ya famoso "Fragmentos de un discurso amoroso", apunta a la médula del problema: del amor no se puede hablar a partir de ciertos autores que conocen y dominan el tema, sino que a través de ciertas experiencias hechas por personajes que, enamorándose como piojos, 'ya no sabían dónde ponían el culo'. Cuando hablamos del amor hablamos con el corazón en una mano y con el hígado en otra. Enunciamos sentimientos inmensos y nobles, al tiempo de jugarse entre pasiones no siempre tan nobles. El amor es un punto de entrada a lo humano, aunque ciertamente no garantice una salida fácil y posible.

Hablar del amor, o mejor hablar de amor, posee una dimensión de incomodidad porque significa desvelarse, mostrarse ante los ojos de los otros, un ponerse desnudo y desvalido a partir de lo que se es en realidad.  Es contar abiertamente las cosas que se hacen, se sienten o se piensan por amor a un otro. Desde los celos hasta la indiferencia, desde las apasionadas e insulsas cartas de amor o los nombres que en la intimidad se dan los amantes para poseerse. Es decir, exponer al ridículo lo más sagrado e íntimo que poseemos. Uno se siente algo incómodo cuando por casualidad el tiempo le trae alguna cartita de amor escrita para alguien ya convenientemente olvidado, algún poemita para alguna amada perdida en el tiempo o algún pensamiento que en medio de la pasión cayó sobre el papel quedándose allí detenido, para enrostrarnos las cosas que olvidamos o los desastres a los cuales sobrevivimos. Lo interesante es que, a través del amor, el amor habla por los sujetos y cada experiencia particular adquiere dimensiones insospechadas, porque cada uno, mal o bien, ha vivido la experiencia del amor. Aunque siempre nos quede la pregunta de sabor calamaresco "¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?".

Y esa experiencia significa llegar a topar los límites del estar vivo, el creer de morir sin otro concreto, sentir que el mundo se cae a pedazos sobre uno o que todo es tan bello que no podrá terminar nunca, aunque la experiencia de finitud insista majaderamente en lo contrario. Cuando uno está enamorado da lo mismo ser el Werther que Don Juan, Teresa de Ávila o Charles Bukowski, Red Buttler que Condorito. Y sólo cuando se ha amado, uno puede articular un discurso amoroso que nos da un rostro concreto para dar testimonio de lo que se ha vivido, de aquello que se ha padecido y de cómo se ha sobrevivido a las cosas que, dándole algún dolor, le han ayudado a crecer, a pesar de haber sufrido patagüinamente. Y por eso un film, una teleserie, alguna novela (rosa o de tomo y lomo) nos devuelven a esos lugares comunes, tan poco comunes, en donde el corazón habla como una cicatriz que atraviesa toda la epidermis, como una huella en donde hay tanto de bien y tanto de mal, que duele de recordársela, que alegra y estremece, que sin duda hace de horizonte existencial, mostrando aquello que en realidad somos y que escondemos por pudor.
 
2. El amor es casi tan fuerte como la muerte

Sin duda alguna el amor es uno de los sentimientos más poderosos que experimentamos en nuestro quehacer humano. Es embriaguez, es lucido desconcierto o locura desatada. Su presencia está atestiguada en todas las narraciones en que el hombre trata de dar cuenta de su mundo, armándose como una suerte de correlato a la finitud, una suerte de epifanía de la eternidad, una esperanza cierta e insuperable. Como realidad posee tal densidad en el ideario humano que puede mover a cosas contradictorias e inesperadas, al tiempo de poseer una fragilidad capaz de la fragmentación total en la disolución de toda expectativa. Si bien el amor corre a contramuerte, lleva en sí, de manera integrada, una carga de muerte tan potente como la carga de vida. Esa carga es la que intensifica todas las relaciones humanas, llamándolas hacia una plenitud siempre mayor o a una disolución frenética y devastante. Quien ama vive intensamente, porque siente que en los velos de su existencia la presencia ineludible de la muerte. Cuando el amor hace su aparición trasparenta a la muerte como una barrera franqueable, posible y presente. No la reduce a una dimensión inexistente dentro de la contingencia humana, sino que, de un modo muy sutil y delicado, la dimensiona como un paso de lo humano, algo que nos acecha, que no es un fin definitivo, sino más bien, un estadio humano real y viable.

El amor se manifiesta como una provocación a la muerte. Nos hace creer que podemos trascender a la impotencia de lo que se acaba, y la tristeza que de ello nos viene, por medio de una potencia que puede dominar y liberar, poseer y desposeer, entregar y recoger, sanar y maltratar, en fin, una fuerza profundamente desbordante en quien la experimenta. Tal vez, por un exceso de ingenuidad, hemos querido creer que el amor se caracteriza de una bondad dulzona y un poco pajarona, cuando en realidad hablamos de una de las energías integradoras, y paradójicamente, al mismo tiempo de una de las fuerzas más destructivas de la experiencia humana. Oscar Hann en su poema "escrito con tiza" nos advierte una de las realidades del amor que hemos experimentado sólo al enamorarnos perdidamente: 'siempre detrás de un gran amor la nada acecha'. Quien se enamora experimenta en carne propia y en la totalidad de su existencia una fuerza devastadora de destrucción. La nada está detrás de cada uno de sus pasos vacilantes. Quien experimenta el amor no resta el mismo, sino que se abre hacia otro, por medio de laberintos y noches oscuras, a tientas, por el miedo y la esperanza o por el hecho de descubrirse en sí mismo como un otro, atraviesa la nada y le sobrevive. Los amores correspondidos, los desgraciados o los no correspondidos llevan en su carne las marcas de la nada, como una extensa sonrisa de la muerte tatuada en su espalda. De allí venimos y para allá vamos.

Y por amor desafiamos la nada, las convenciones, los acuerdos sociales, las diferencias y nos entregamos serena o desesperadamente a nuestras pasiones, nos perdemos y nos encontramos, experimentamos sentimientos sublimes como la oblación y la entrega por otro o sentimientos de inseguridad como los celos, la desesperanza o el deseo de muerte. No se trata solo de un tropos literario o cinematográfico, sino que se trata de la conjunción meridiana de lo que nos ha hecho ser lo que somos en el tiempo. Todo venido del amor que nos parece -como dice el cantar de los cantares- casi tan fuerte como la muerte. En el amor no encontramos una negación de la muerte, sino que una integración de una realidad que nos invade en toda su dimensión. Tampoco una superación sino que una curiosa vuelta a la paridad con los fenómenos humanos que hemos ido alejando, extrañando o desnaturalizando, como si el amor fuera un momento separado de la vida, una suerte de apéndice que se inflama y que debemos extirpar urgentemente. El amor y la muerte son dos puntas de la misma cuerda que sostiene al hombre en el vacío de su existencia. Por eso hablamos de morir de amor, de amores que matan e incluso de matar por amor.

3. Es tan corto el amor y tan conveniente el olvido

Curiosamente el amor, siendo una de las potencias humanas más poderosa y aparentemente persistentes, goza de una fama de brevedad. No se trata de medir su intensidad, ya que siempre carga con notas de atemporalidad y de simultaneidad, sino que espacialmente significa momentos breves de la existencia que son capaces de abordar toda la duración cronológica de la experiencia y darle sentido. El amor es corto, muchas veces estrecho y angosto, intenso y desbocante, pero pareciera ser que su naturaleza más intima es de una brevedad que exige de un proyecto, de un contrato, de acuerdos para hacerlo sobrevivir en el tiempo. Las historias de amor que hemos vivido muchas veces parecen mosaicos de pequeños fragmentos, unidos a las pérdidas, ensamblados en la magia y el espanto, siempre eso si marcados por una lucida brevedad capaz de cambiar nuestra vida. Quien no se ha enamorado no sabe de las delicias del encontrarse en otro, de las dificultades de estar con otro y de los desafíos de permanecer con otro. Al enamorado la vida se le escapa y hace una experiencia cosmogónica de desnacimientos y nacimientos múltiples. Vicente Huidobro señalaba lucidamente que 'no hay amor ilegítimo' por eso despunta donde no se espera, donde no debía, donde no debería de aparecer. De algún modo, es una experiencia que nos hace advertir la debilidad de nuestro modo de ser en el mundo, como una traición a nuestras seguridades inamovibles y un entrar a la intemperie más bellamente despiadada.

El olvido, en un término de cuño nerudiano, es la parte larga del amor, es la contra-intensidad, es el intento por continuar vivo luego de haber experimentado un desborde de vida y el haber visto a la muerte como un bordado excepcional en la comisura de nuestra rutina. Es como si el amor, sin intentar el olvido, no luciera. No se trata solo de amores desgraciados o inconclusos, sino que se trata de la dimensión del nuevo rostro que el amor vivido adquiere cada día; el perdón, la reconciliación o la ruptura.  El olvido no es amnesia, sino que una dimensión serena y dulce del recordar sin apasionarse, sin revivir los dolores y de hacer como si nunca hubiera sido, aunque en el fondo tengamos una cicatriz. Es un contarse para atrás como en un film que, pudiendo destruirme nuevamente, me da la libertad de representarme en lo que he sido. Olvidar es apaciguarse, recordar para recuperarse y por sobre todo perdonarse a partir de los propios límites. Es lavar el corazón y tenderlo en el cable de la ropa para que gotee sus cansancios y penas para, que una vez asoleado y planchado, ponerlo en la cotidianeidad a batir su marcha, a buscar y a encontrar entre sístole y diástole lo que le anda faltando. Conviene olvidar, para dar paso a la ingenuidad y la inocencia, para amar cada vez como si fuera la primera y la última, descubriendo que del amor siempre se puede hacer una nueva experiencia. Conviene olvidar para comenzar de nuevo, sabiendo lo que pudiera venir, lo que ha de ser o lo que pudiéramos encontrar al final de la experiencia.

Decir te amo, hablar de amor, hacer un discurso acerca del amor es la única manera coherente de rescatar la separación entre teoría y práctica, entre belleza y verdad o entre las narraciones literarias y el orgulloso saber científico, entre el mundo y el hombre, entre macho y hembra, femenino y masculino, hombre y mujer. Es abrir una ventana hacia lo otro desde su forma más tremenda y realista, divertida y fascinante, triste y conmovedora, en donde nadie puede guardar silencio, ya que todos saben tanto de algo que al parecer todavía sabemos tan poco. Hablar del amor es recuperar el encantamiento y la desilusión, hacer cuentas con esperanzas pasadas de fechas, con ilusiones que se perdieron en el tiempo, es sentarse en la estación de ferrocarriles y preguntarse a qué hora se nos pasó el tren, junto con la Penélope serratiana que aún espera -la muy gansa- a que los sauces pierdan las hojas. Es darse cuenta de que todos poseen verdaderamente una palabra acerca de la vida que funciona como llave en las cerraduras que custodian el secreto de lo humano siempre mayor. Amar es lo mismo que medirse el plexo en una cruz, que extender los brazos para abrazar lo amado, lo mismo que dar vida y darse a la vida, lo mismo que dejar en libertad y prenderse la libertad en un dejo. Y mientras escribía esta laberíntica reflexión se me venía en cada palabra a la mente mi amor, concreto, breve, fragmentario, pasional, ahistórico, temporal y desposeído, que a pesar del tiempo me salva de las 'pelotudeces ilustradas' con que tratamos de imponer nuestras vidas, explicar nuestros desaciertos y engrandecer nuestros logros. Mi amor que es novedad, que es sufrimiento, martirio, miedo, indecisión y renovación, que también es lo que me sostiene y limita. Y mientras trato de hablar de mi amor, termino siempre quedándome al final con esa preciosa sonrisa de la mujer más bella que he visto, que a pesar del tiempo es aún capaz de hacer florecer esas viejas heridas al sol, de sanarlas y volverlas semillas para otros campos, aunque sea gracias al olvido, a la distancia, al dolor y a un discurso amoroso que no siempre vivo en mis actividades cotidianas.

8月8日

SAN FRANCISCO, LOS FRANCISCANOS Y LA POESÍA:

una presencia actual

 

 

 

 

Tito Fernández Cubillos Ofm

Conferencia en

Hotel Plaza San Francisco

Santiago,

7 de Agosto de 2006, 19 hrs.

 

 

 

 

"San Francisco quería, y es lo que aconsejaba a sus compañeros, que primero, alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después de la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia. Y añadía: ¿Qué son, de hecho, los siervos de Dios, sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu? Y lo decía en particular por los hermanos menores, que han sido dados al pueblo para su salvación. A estas alabanzas del Señor... les puso el título de "Cántico del hermano sol". (Leyenda de Perusa)

 

 

 

 

Palabras preliminares

 

 

            Al pensar en la figura del Hermano Francisco de Asís, el Poverello, el juglar de Dios, inmediatamente se nos vienen a la mente una serie de características tanto en el campo ético como en el campo estético.  Paradójicamente, si bien como adjetivo lo ‘franciscano’ articula una idea bastante precisa de corte ético, en nuestra habla habitual caracteriza, al mismo tiempo, una idea de corte más bien estético, mostrándose rica de sentido y con una connotación altamente positiva. Se trata de una expresión usada como forma de halago, de reconocimiento, una muestra de admiración por alguien o por una cualidad determinada. Admiración que no constituye un modelo para intelegir, sino más bien una experiencia para gozar y participar. Por otro lado, también en la lengua popular, lo franciscano se articula como un límite para alcanzar, un fragmento de utopía posible en nuestros días o una manifestación de continuidad en días incoherentes y fragmentarios; una cosa bella, buena y necesaria que apareciendo por todos lados no se cristaliza en ninguno.

 

            Si abordamos a Francisco –y lo franciscano- a partir desde una perspectiva ética nos alude a la cualidad humana, a la autoridad existencial y al poder simbólico de las personas basado en la bondad, construido en la sobriedad y la simplicidad de vida. Franciscano significa austeridad, humildad, el desposeimiento de las cosas, el vivir sin pretensiones y apartados del poder, o al menos ejerciéndolo de otro modo. También caracteriza las actitudes de atenta escucha, honestidad y franqueza, la renuncia de uno mismo en beneficio de otro, la armonía con el medio y con los hombres, el vivir relativa y respetuosamente en paz con la naturaleza. Alude a la cercanía y el trabajo hacia y por los pobres, a la solidaridad, a la rectitud de vida y a la coherencia. Sin querer hemos entendido lo franciscano a partir de una línea ascética, es decir que lo entendemos a partir de los límites de lo humano que hay que disciplinar, contraer y encausar y desde la estructura que cobija a la espiritualidad, como un deber ser radical e ineludible, además de inalcanzable.

 

            En cambio si nos centramos en el termino ‘franciscano’ estéticamente, encontraremos que nos refiere a las distintas expresiones de lo bello en todos sus matices imaginables. En este sentido aparece como una manifestación de lo creado de una manera ‘poética’, esto porque el mismo Francisco con su vida hace una metáfora del hombre en comunión con Dios y lo creado. Como imagen alude a la ingenuidad, al arrojo existencial, al vitalismo enamorado del mundo, a la benevolencia, a la alegría de vivir, a la confianza radical en el hombre, en lo que este es y lo que hace en el mundo, al optimismo antropológico, al permanente ‘no instalarse’ ni apropiarse de nada, la pertenencia a la creación,... en fin en un movimiento que va desde el gozo estético hasta la pertenencia dada por lo religioso. Lo franciscano es participación, es decir, alude a un compromiso entre el hablante y su medio, entre quien lo escucha y el espacio en donde vive: hablamos de un modo de ser en el mundo.

 

            Si bien, la dimensión estética nos apunta a una norma en construcción, la dimensión estética nos entrega una clara dimensión de pertenencia e identificación con la bondad de la vida. En Francisco la experiencia del fantasma de lo natural, como una realidad fenoménica y despiadadamente incontrolable, toma un rostro generoso y cercano, como si fuera un puente sostenido en la esperanza de que en algún momento lo racional-ético se pueda encontrar con todo lo que deja fuera nuestra narración de mundo y que se nos representa –cercana e inalcanzable- en el misterioso mundo de lo estético.

 

Sin duda alguna, San Francisco de Asís constituye uno de los tópicos estéticos más vigente en nuestro tiempo. Un poco por ‘el aura’ de hombre de Dios, la bondad de quien se siente universalmente posicionado en sintonía con la naturaleza y, por otra parte, porque representa un modo de ser distinto en el mundo. Este modo se caracteriza por mostrar la posibilidad de vivir en el mundo de manera integrada a todo lo existente. El es un gran “teatrero”, con su vida representa el evangelio. Ante la tristeza de la experiencia finita, antepone la belleza y la alegre intuición de lo que terminando no se acaba. Francisco antepone el gozo de la fiesta, el gusto del carnaval a la gravedad metafísica de la “danza macabra”. Francisco no se suma a una posición metafísica racional y narradora de todos los fenómenos –la misma que ha terminado por acentuarnos la pesantez de la existencia- sino que se ha entregado a una experiencia religiosa basada en la profunda empatía del amor: en él todo es otro.

 

Como tópico estético San Francisco no sólo tiene una fuerte presencia en el campo religioso sino que trasciende a lo cultural, lo social, a las narraciones artísticas, especialmente en la literatura, donde proyecta no solamente una figura histórica, sino una imagen del hombre que aún no ha sido, el que esperamos, el que deseamos encontrar. El hombre que está constante y permanentemente siendo. La genial Simone Weil, en su llamada Autobiografía espiritual, nos habla de su fascinación por Cristo reconociendo en el Santo de Asís la fuerza del metáfora del Evangelio:

 

“Mientras estaba sola en la capillita románica de Santa María de los Ángeles, incomparable milagro de pureza, donde san Francisco rezó tan a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a arrodillarme”.

 

Para nosotros, hombres pretéritos, medio perdidos y aterrados por esta modernidad de cuarto enjuague, Francisco caracteriza una visión arcaica del futuro que está viniendo. Es un recuerdo de un pasado de plenitud que cuando no nos llama, nos esta penando. Él como un hombre inactual, supera su tiempo –el medioevo- y se proyecta hacia lo que el hombre quiere vivir en el futuro, que es un poco ahora mismo, que es mañana y que sospecha que pudiera no ser nunca. San Francisco no es solamente el hombre de la bondad virtuosa y la ascética suicida, sino claramente el hombre de la belleza de Dios. Como señalaba la naciente tradición franciscana: Francisco es el hombre de la primera mañana de la creación.

 

 

Francisco y la poesía

 

No existe duda que con San Francisco, "juglar de Dios", la literatura medieval se volvió lírica y descriptiva. No sólo por figurar entre los inauguradores de la lengua italiana escrita, sino por catalizar una forma de mirar el mundo a partir de la experiencia poética. En su Cántico del hermano Sol aparece una nueva sensibilidad, en la que destaca no sólo su respetuoso amor hacia cada cosa creada, sino también su capacidad de convertir la lengua vulgar en un vehículo de belleza. Esta intuición nos insinúa la posibilidad de abandonar los aspectos de una cultura patriarcal –dominante, para adentrarnos en la experiencia de la maternidad de Dios. Francisco posee un amor inflamado, él no es un teólogo ni un erudito, es evidentemente un hombre enamorado. Francisco no habita una construcción lógica (en el sentido del lógos Occidental) sino que habita en la lengua del pueblo: la lengua vulgar es su matria. Jacopone de Todi (+ 1306)lo intuye en uno de sus versos de las Lauda:

 

Parlar de tal figura co la mia lengua taccio;
misteria sì oscura de 'ntennerle soiaccio;
confesso che nol saccio splicar tanta abundanza,
la smesurata manaza de lo core 'nfocato
[1].

 

            Francisco es reconocido ya por sus contemporáneos como una figura del hombre nuevo, que al integrarse en el mundo, no tan sólo hace parte de él sino que vive la dimensión de ser hombre en totalidad y  en abundancia, es decir se autoentiende en el mundo como creatura. Este autoentenderse, autonarrase en el mundo, tiene origen en la rica idea teológica desprendida del dogma de la encarnación: el mundo ha sido hecho por la bondad de Dios, alcanzando su vértice más alto en la encarnación de Jesús. Por eso, el mundo aparece ante sus ojos como la muestra de amor más grande, porque es  el espacio concreto donde Dios se hizo hombre. Este hacerse hombre ocurre en el lugar concreto del pobre, allí él encuentra el rostro concreto del Dios que ama y con quien se reacciona con toda naturalidad, en plena inocencia y una profunda conciencia del contexto histórico, político y social en que él vivió. Se trata de un Santo ebrio del amor humano que Dios tiene por sus creaturas y no de un hombre ramplonamente bueno y tonto ensimismado en lo natural. Para  Francisco el  mundo creado es el escenario donde se desarrolla el drama humano, asumido por Dios en todas sus consecuencias. El hombre ya no es un ser para la muerte, es más la mismísima muerte, experiencia casi trágica y definitiva del ser hombre, se torna una hermana. Así encontramos que el Poverello plasma su experiencia holística del mundo en el Cántico de las creaturas donde nos encontramos la experiencia lúcida de quien ha amado la vida con todo sus ser:

 

Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

¡No probarán la muerte de la condenación!
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor
[2].

 

Francisco usa toda su vida como una metáfora del evangelio, buscándolo vivirlo en devoción y con todo el entusiasmo de quien ama. La vida de Francisco es altamente poética, es decir, agarrada a la médula de la existencia, atravesada por todas las emociones y los sentimientos de quien mira y vive atentamente en su mirada al mundo. Recordemos que –como don Nica Parra nos propone- todo lo que se mueve es poesía, el resto es prosa. La poesía refleja los flujos de la vida misma, las narraciones de la prosa argumentan, sostienen y aburren a la larga, a menos que el narrador no haga de su prosa poesía como es el caso de Rulfo, de Cortázar o nuestro Juan Emar.

 

 

La poesía de los Franciscanos

 

El mismo soplo de poesía podemos encontrar en las primitivas fuentes franciscanas, en particular en el delicioso relato de las Florecillas, de mediados del s. XIV. Seguramente se trata de una de las obras más bellas, más complejas y más difíciles de la literatura franciscanas, pero que sin duda dan cuenta de las ideas, las esperanzas, el amor y el fervor de Francisco y los franciscanos al comunicar la experiencia de mundo que conlleva anunciar a Cristo pobre entre los pobres, el vivir la vida en simplicidad enamorada y en el entusiasmo de ver en el mundo escenario donde día a día se manifiesta el amor.

 

Este espíritu enamorado del mundo y de Dios que Francisco derrochaba va a dar paso a una tradición muy fuerte entre sus seguidores más cercanos. Entre los poetas franciscanos del siglo XIII destacan: Fr. Tomás de Celano, compañero y principal biógrafo del santo, compositor de secuencias y glosas en latín, a quien se le atribuye el conocido "Dies irae"; Fr. Julián de Spira (+ 1250), que compuso un oficio rítmico de San Francisco y otro de San Antonio, aparte de multitud de himnos y secuencias; y Fr. Juan de Peckam (+ 1292), autor del "Stabat Mater dolorosa" y del poema espiritual "Philomena", muy popular en los siglos siguientes, e himnos litúrgicos todavía en uso como el "Ave, vivens Hostia".

 

En lengua vulgar nadie igualó en pasión e inspiración a Jacopone de Todi (+ 1306), con sus "laudas". Imitador suyo fue Hugo Panziera de Prato (+ 1330), poeta místico toscano. Giacomino de Verona (+ antes del 1260), que con sus dos poemas en rima sobre el infierno y el paraíso fue el precursor de Dante Alighieri, del cual se dice que era terciario franciscano. La parte dedicada a Asís y a San Francisco constituye una de las páginas más hermosas de la Divina Comedia:

 

Quando a colui ch'a tanto ben sortillo
piacque di trarlo suso a la mercede
ch'el meritò nel suo farsi pusillo,

a' frati suoi, sì com'a giuste rede,
raccomandò la donna sua più cara,
e comandò che l'amassero a fede;

e del suo grembo l'anima preclara
mover si volle, tornando al suo regno,
e al suo corpo non volle altra bara
[3].

(Paradiso Cantico XXII)

 

 Franciscanos fueron también Accursio Bonfantini (+ h. 1338), primer comentarista del poema dantesco, y Juan de Serravalle (+ 1445) su primer traductor al latín. Aunque Petrarca no fue franciscano, pero no dudó en considerarse "como un miembro de la Orden”. En lengua vulgar escribieron también el inglés Tomás de Hales (+ a. de 1240); el alemán Lamprecht de Ratisbona (+ a. de 1250); los flamencos Juan Brugman (+ 1473) y Teodorico Coelde (+ 1515); los franceses Enrique de Avranches (+ a. de 1260) y Juan Tisserand (+ 1497), autor además de la prosa latina "O filii et filiae"; y los españoles Íñigo de Mendoza (+ h. 1502) y Ambrosio de Montesino (+ 1514).

 

Después de la división de la Orden (1517), los franciscanos observantes dieron a la literatura del Siglo de Oro nombres ilustres como Luis de Escobar, célebre por sus sátiras morales, los poetas épicos Gabriel de Mata (+ h. 1593), Antonio de Santa María (+ 1602), Bartolomé Ordóñez y Alonso de Escobedo (+ a. de 1586), Pedro de los Reyes (+ 1628), poeta espiritual celebrado por Lope de Vega, los comediógrafos Diego de Salazar y Miguel de Molina; y el descalzo Antonio Panes (+ 1665), autor de la "Escala Mística" y "Estímulo del Amor Divino", que contiene la popular letrilla "Bendita sea tu pureza".

 

Entre los franciscanos portugueses hay que señalar al descalzo Agustín de la Cruz (+ 1619), y a los observantes Paulino de la Estrella, autor de poemas místicos en castellano, y Antonio de Chagas, poeta profano convertido luego a la mística. Destacan también los flamencos Livino Brecht (+ 1568) y Guillermo van Spoelberch (+1633), y el patriótico poeta irlandés Eugenio O'Douyhee. Abundan los franciscanos conventuales dedicados a las letras, sobre todo en el siglo XVIII: Baltasar Paglia de Caltagirone (+ 1705), teólogo, filósofo y poeta latino; Domingo Guiglielmini (+ 1706), pintor y poeta; Francisco Moneti de Cortona (+ 1713), poeta festivo y satírico; el alemán Antonio Wissingh (+ 1716), poeta latino y autor de una "Theologia rythmica"; el obispo de Acquapendente Bernardo Bernardi (+ 1758), teólogo, orador y poeta; Casimiro Liborio Tempesti, autor ascético, historiador y literato de renombre; el ingenioso y fecundo Guillermo della Valle (+ 1805), erudito autor de temas político-sociales, como sus "Lettere Senesi"; Lorenzo Fusconi (+ 1814), miembro de la Arcadia de Roma; Francisco Villardi (+ 1833), poeta latino; y Luis Pungileoni (+ 1844), historiador del arte.

 

Entre los franciscanos capuchinos, no obstante la inicial prevención contra los estudios y las ciencias, no faltó el cultivo de la poesía y el gusto por las buenas letras. Destacan fr. Ludovico de Florencia, Arcángel de Alarcón, Cosme de Castelfranco y Remigio de Beauvais en el siglo XVI. En los siglos siguientes: Apolinar de Sigmaringen (+ 1629), Ludovico de Norcia (+ 1623), Juan Bautista de Perusa (+ h. 1631), Ignacio de Reggio Calabria (+ 1686), Marcial de Brives (+ 1653), Miguel de Lima, Lucas de Malinas (+ 1652), Lorenzo de Schnüffis (+ 1702), Tiburcio de Constanza (+ 1712), Teobaldo de Constanza (+ 1712), Arsenio Ham (+ 1678), Procopio de Templin (+ 1680), Francisco Antonio de Milán (+ 1758), José de Castagna (+ 1729), Juvenal de Nonsberg (+ 1714), Vicente de S. Eraclio (+ 1765), Bernardo María de Giuliano (+ 1783), Serafín de Brujas (+ 1728).

 

 

 

La imagen poética de Francisco

 

 

            Sin mucha dificultad podemos afirmar que la imagen del Francisco ‘histórico’ pese a las empalagosas formas de la hagiografía se vuelve rápidamente un tema literario. A partir de las biografías y los documentos de la época reciente a la muerte del Santo fundan un terreno fértil que va a ser trabajado con mucha prolijidad por los escritores románticos del siglo XIX. Entre los escritores que van a encaminar una nueva imagen de Francisco y su movimiento, podemos destacar a Chateubriand, Görres, Hase, Ozanam, Renan, que a su vez han inspirado algunos de los grandes del siglo recién pasado: Darío, Rilke, Chesterton, Claudel, Timmermans (que hizo popular ‘el arpa de san Francisco’) o Delteil y Kazantzakis que han producido verdaderos best sellers, con sus ya famosos: El pobre de Asís y San Francisco.

 

A ellos se les suman escritores militantes en la espiritualidad que han dado una cierta difusión literaria (y más allá de lo literario) del Santo: Victorino Casas, Ignacio Larrañaga, Jesús Capo y de una manera más técnica los ya clásicos San Francisco Ternura y Vigor de Leonardo Boff o La sabiduría de un pobre de Eloi Le Clerc. El contenido de estas obras literarias –que van de la poesía a la narrativa- algunas veces es discutible, pero son, sin duda alguna, a la par de una belleza innegable, vehículos de intuiciones muy interesantes acerca de nuestra espiritualidad. En su mayoría estos autores nos ofrecen una imagen de Francisco y de lo franciscano muy densa, dándonos una nueva visión de un tema literario emparentado con las Florecillas, que lejos de decir las cosas a partir de una descripción descarnada o de una interpretación seca, nos regalan la alegoría de la metáfora, la subversión de la realidad por medio de lo poético.

 

La imagen de Francisco que corrientemente manejamos es directamente tributaria de la decantada por el romanticismo alemán, en las cercanías 1830 por Görres y Hase que van a tener una recepción en los trabajos de los franceses Ozanam, Michelet y Renan. Ellos van a dar una forma estructurada y literaria bien delineada de Francisco, la que Paul Sabatier –historiador y escritor- va a consagrar de manera definitiva. La imagen romántica del Santo se va a caracterizar en la relación con la naturaleza y la belleza: Francisco aparece como un trovador, como un poeta ebrio de la creación que derivará en mostrarlo totalmente aislado del mundo social y político al que perteneció. La espina dorsal de esta imagen está dada por el Cántico de las creaturas (o del hermano sol) donde Francisco aparece ‘salvajemente’ embriagado de los fenómenos naturales del mundo en que habita.

 

Paradójicamente existe también existe un fuerte acento en el carácter revolucionario de su personalidad en el contexto de su tiempo. Francisco encarna a un hombre nuevo (con resabios del Buen Salvaje de Russeau); un hombre amigo de la naturaleza; un adalid de lo subjetivo, lo antiracional en él toma cuerpo; es un hombre capaz de vivir su libertad en el rechazo de las leyes impuestas, los dogmatismos; un hombre capaz de su plena libertad; capaz de manejarse independientemente de las estructuras constrictivas de la sociedad y de la misma Iglesia. Curiosamente esta visión de Francisco nace en el seno del mundo protestante y como tal, la clave hermenéutica para abordarlo es netamente protestante: Francisco anticipa, en nada menos que dos siglos, el germen de lo que va a ser la reforma y del hombre del Renacimiento.

             

Esta visión entra en conflicto con dos rasgos evidentes del pensamiento de Francisco: la fidelidad a la Iglesia y la sumisión a ella en la Persona del Señor Papa. Si bien es cierto que Francisco posee una dimensión altamente carismática, la enmarca en las instituciones de la época, dejando en su interior intuiciones visionarias y propuestas nuevas. La visión Romántica del Santo enfrenta esta situación mostrándola como “el” drama existencial de su vida”. La Orden, en su evolución con la carga de presiones y tensiones entre los responsables y las autoridades romanas fueron reduciendo el ideal de libertad evangélica, domesticando el ímpetu de radicalidad absoluta y encerrándola en las normas moderadas de una existencia discreta. El sueño de Francisco se ha despedazado y su proyecto simplemente ha fracasado. La Orden y la Iglesia conservan la intuición de la vida evangélica sepultada en las estructuras humanas, y las intenciones de renovación –por inspiración del Espíritu Santo- simplemente fueron traicionadas.

 

La personalidad de Francisco es “limpiada” de todas las actitudes espirituales profundas por el hecho de considerarlas “piadosas”. Francisco es representado como pura espontaneidad, frescura e imaginación. Si bien el tema de la pasión y la cruz es importante en su vida, aparece articulada fuera de la devoción y en torno a todo lo que es excepcional, sorprendente y sensible. Francisco canta, baila, llora, es muy teatral, está lleno de gestos de diferentes envergaduras, es lúdico...  basta cerrar los ojos y naturalmente pensaremos en el Francisco de Zefirelli. Si bien se libra de lo externamente religioso, su figura adquiere un tono insoportablemente Naif. Recordemos, también, que la imagen vocacional que proyectamos los franciscanos también es muy “romántica”. 

 

A pesar de esto el adjetivo “romántico” nos rescata una dimensión muy interesante de nuestro carisma: la insistencia permanente en el sentimiento, expresada en la experiencia de sentido con la naturaleza, los aspectos poéticos de la existencia y sobretodo el carácter existencial dramático del destino de Francisco como hombre. Aunque aquí, muchas veces, lo “romántico” también equivale a sensibilería, irracionalidad e irreflexividad.

 

 

La visión romántica de Francisco también posee como trasfondo las ideologías del S XIX que chocaban abiertamente con las posturas del cristianismo ortodojo-romano, por eso encontramos en Francisco un acento de novedad, dado por las teologías liberales y el modernismo teológico que van a cumplir en su imagen, una función muy parecida a lo que la teología de la liberación en la imagen latinoamericana. En ambas encontramos la oposición irreducible entre el carisma y la institución, dónde el carisma se lleva ‘rabo y oreja’, dejando a la institución desangrándose pesadamente en la arena.

 

 

Ciertamente tenemos una deuda de reconocimiento con los autores del siglo XIX, ya que han descubierto y hecho popular la figura de Francisco, delineándola a partir de elementos atrayentes, desarrollando intuiciones muy interesantes y verdaderas, aunque mezclándolas con presupuestos ideológicos que no siempre la sostienen coherentemente. La lectura que debemos hacer de esta imagen “romántica” debemos hacerla responsablemente dentro de los límites de la razón, es decir sabiendo que la nuestra tampoco es definitiva ni infalible, sino que siendo transitoria y discutible, nos permite dialogar con ella a partir de un espíritu crítico que nos haga descubrir sus raíces históricas y religiosas, adentrándonos en las intuiciones que nos puedan ayudar a revitalizar nuestra experiencia de la espiritualidad.

 

 

Si bien es cierto que la imagen literaria, con influencia romántica, de Francisco requiere ser pasada por el cedazo, nos otorga una intuición interesante de lo que el franciscanismo significa y es hoy en el mundo. Si miramos con benevolencia los trabajos de algunos autores como Darío, la Mistral, Amado Nervo o Pedro Casaldáliga encontraremos que las características que ellos describen de Francisco son la belleza del anuncio de un cielo y una tierra nuevo, de un hombre posible en un mundo de hombres cada vez más imposibles. Simplemente retratan el celo y el deseo de encontrar un hombre nuevo en tiempos tan iguales a los anteriores, uno que sepa de la inocencia y que anuncie que el amor no es amado. Ya probamos con el superhombre, con el hombre ausente, con el yo profundo y el yo disuelto, por eso deseamos un hombre que hable del tú, que nos muestre la dirección hacia lo otro, el mundo otro, el hombre otro y el Otro que es la divinidad que hace siempre nueva todas las cosas.

 

Para terminar creo necesario releer la imagen de Francisco desde un lugar de entrada diferente a los que hemos venido describiendo: los invito a que busquemos acercarnos a esta imagen con los ojos asombrados de un niño-grande (un poeta no es otra cosa) para dejarnos enamorar de lo otro que enamoró a Francisco, para creer una vez más que el hombre posee su espacio en el mundo, que todo está bien hecho y que el amor es capaz de doblegar todo límite. Tal vez, pudiéramos generar una visión que humanice nuestros sistemas, que le devuelva un rostro humano a los lobos de la economía y el poder, que solidarice con los que no pueden participar en los mercados esos pajaritos que difícilmente sobreviven en la periferia del sistema y que camine descalzo con el descalzo... pudiera ser un sueño, pero soñar es un derecho urgente.

 

Muchas gracias.



[1] Hablar de tal ejemplo con mi lengua callo;/misterios tan oscuros, a entenderlos renuncio;/confieso que no sé explicar tanta abundancia,/el amor desmesurado del corazón ardiente.

[2] Según la versión de León Felipe.

[3] Cuando aquel que tanto bien le dio en suerte/ quiso llevarlo de aquí abajo a la recompensa/ que mereció por hacerse pequeño/ a sus frailes, como herederos legítimos,/encomendó a su mujer más querida (Pobreza),/y ordenó que la amasen fielmente;/ y desde el seno de ella el alma preclara quiso /moverse, regresando a su reino, y para /su cuerpo no quiso otro ataúd (que el suelo).

8月5日

La perfección como tarea de medida humana

( pequeño comentario a la 2ª Carta a Inés de Praga de Clara de Asís)

 

 

 

 

Tito Fernández Cubillos, Ofm  

 

 

 

Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo

Y, entre nosotros inolvidables

 

(Roque Dalton)

 

 

 

 

En el comentario a la primera carta de Santa Clara nos planteamos la importancia de la tríada “esposas, madres y hermanas” de Cristo, como un modelo dinámico de la relación con Dios tanto a nivel personal como a un nivel de vida fraterna. Ahora nos centraremos en la segunda Carta a Inés de Praga (2CtaCl), donde encontramos una exposición de la invitación a la perfección que constituye el camino evangélico. La Carta data de 1235-1238[1], tiempo en que el Hermano Elías de Cortona es Ministro General de la Orden. Si bien existe una concordancia con la temática expuesta en la carta anterior, existen dos grandes ejes que despiertan interés: por una parte hay una insistencia en la pobreza como estilo de vida (lo que hace pensar que las hermanas en Praga están viviendo un conflicto al respecto) y, por otra, hay algunas notas para profundizar la dimensión de “esposas de Cristo” de las Damas pobres, cosa de la que nos ocuparemos particularmente en este estudio.

 

La intención de Clara en su Carta queda manifiesta ya en el encabezado de saludo, donde ella se reconoce como “esclava inútil e indigna”. El uso de “ancilla inutilis et indigna”[2] nos sitúa inmediatamente en el plano de la Encarnación que es un aspecto fundante de la espiritualidad de Clara en el seguimiento de Jesús. El termino “ancilla” es característico del vocabulario clareano, seguramente tomado o inspirado en la Formae vitae que le propusiera el Hermano Francisco, y que se articula como correlato al uso del término “servus” en los escritos del Santo.  En Clara “ancilla” –en consonancia con “famula” y “serva”-  hacen referencia al modo de relación de las hermanas con Dios y entre ellas, a partir de la dinámica “esposas, madres y hermanas” de Jesús. Nos encontramos ante un modelo de dependencia ‘espiritual’ que es articulado en referencia intertextual al relato de la Anunciación (Lc 1,21). Podemos ver que esta idea de esclava nos habla de un modelo de vida arraigada en la actitud de María, como esclava del Señor, que acoge y encarna su plan.  Una esclava, como bien sabemos, vive pendiente de su amo, esperando servirle en todo momento sin tener cuenta de su propia voluntad. La originalidad de la comprensión de “ancilla” que Clara hace es que la pone como expresión de íntima relación, tal como lo hace una esposa con esposo. La esclavitud, hecho negativo toma una nueva luz, al dejarse entender a partir del amor. Estas dos ideas -esclava y esposa- nos sugieren un clima de dependencia- servicio y de intimidad-, un conocimiento profundo del amado al punto de no querer otra cosa que la voluntad del amado. Nos encontramos que la actitud de las Damas pobres no es la de renunciar a la propia voluntad sino que, como hacen las personas profundamente enamoradas, entregar la voluntad propia al querer del amado. Ellas están llamadas a una intimidad y dependencia del Señor al estilo de María que obedece (en el sentido de escuchar atentamente), encarna-gesta en su interior al Señor y lo da luz al mundo, que se hace esclava porque ama y sobre este amor construye su propia voluntad, configurada a la del amado. En ningún caso se trata de una renuncia pasiva a la voluntad personal sino que, por el contrario, se trata de una actitud crítica y activa de la voluntad a una entrega amorosa.

 

La tarea contemplativa de esposas, que se entregan al amor como esclavas, consiste en buscar la perfección de vida. Ese es el llamado último de la vocación religiosa: buscar ser perfectos como el Padre Dios es perfecto. Al renunciar al matrimonio terreno con el César –signo del poder intraterreno- y entregarse al matrimonio con Cristo –hacerse esposa del Señor- las hermanas lo que hacen es entregarse como cautivas del amor, al seguimiento del amado con un “espíritu de gran humildad y ardentísimo amor”. Debemos notar el lenguaje de intimidad esponsal que usa Clara para describir la perfección alcanzada por el seguimiento del Señor: Y en esto está tu perfección, por la que el mismo Rey te unirá a sí en su tálamo nupcial celestial, donde se sienta glorioso en su solio de estrellas... La esposa, en el modelo clareano aparece como búsqueda de perfección y lo hace a partir de intertexto con lo que dice El Breviaro Romano en la solemnidad de la asunción de la Virgen María, donde quien es elevada al tálamo nupcial es la Virgen María, donde el Rey de reyes se sienta glorioso en su solio de estrellas.  La perfección no consiste en no equivocarse o hacer todo bien, sino en tener una profunda comunión con Cristo, tener una suerte de intimidad física, concreta, con quién primero nos ha amado. Es reservarse para él como “Hostia Santa”, es vivir en comunión con todos.

 

 

Ya hemos visto que María articula el modelo de Esposa del Señor a partir de lo femenino, pero debemos notar que Clara nos ofrece otro modelo: Raquel. Citando Gn 29, 36 Clara pareciera hacer eco de una de las homilías de San Gregorio Magno quien ve en Raquel y Lía (mujeres de Abraham) un modelo de contemplación y acción, al estilo de María y Marta. Raquel adquiere una significación de contemplación visiva (al parecer Raquel quiere decir “principio visto”) y marca el programa de vida contemplativo de las hermanas ya que deben anhelar siempre ver “el principio” (citando esta vez a Jn 8,25). Este ver el principio es el modo de mantenerse siempre en el seguimiento y la manera de alcanzar la perfección. Las hermanas deben centrarse en el Cristo y contemplarlo en el lugar del pobre, sin dejar que nada en el mundo los separe del Amado pobre y crucificado. La contemplación íntima con Cristo esposo, Cristo pobre, que en la pobreza da riqueza y consuelo, es la clave hermenéutica para entrar en la concepción de seguimiento y perfección que la Santa nos propone[3]. Si María encarna la dimensión de lo femenino, lo creativo y lo dador de vida, Raquel va a encarnar la fidelidad.

 

La perfección es la tarea del seguimiento creativo y fiel de quien intima con el Señor. Dicho seguimiento, entendido por Clara como imitación (emula) de la santísima pobreza de Jesús, uniéndola  estrechamente a la idea de adhesión. Clara usa la palabra “adhaesisti”[4] que en su significado refiere a la idea de estar pegado, y que ella lo va a entender como estar cerca o apegado, como una experiencia afectiva. El seguimiento no puede ser una cuestión meramente intelectual, sino que debe ser entendida en el campo de los afectos y las emociones, que son en definitiva lo que alimentan las apreciaciones de la Razón.  La imitación de la pobreza de Jesús es una cosa afectiva, una manera concreta de amar, y en consecuencia un modo de comprender el mundo, una emoción profunda capaz de orientar la voluntad de seguimiento. La pobreza no constituye una cosa ética que problematiza la realidad y que exige una red de justificaciones, sino que como estilo de vida es algo que debe ser abrazado, amado y vivido con alegría, porque no es otra cosa que el modo que Jesús asumió para estar entre nosotros. En este sentido la pobreza constituye una experiencia estética, que no llama sólo a la intelección, sino a una gozosa participación. Ser fiel al camino emprendido es seguir afectivamente de cerca al Señor y mantenerse apegado a él para, en definitiva, vivir en la perfección. El seguimiento entonces es un programa de contemplación, es por eso que la dimensión de la pobreza se entiende a partir de un rasgo evidente en el ambiente social de Clara -y en el nuestro también- sin constituir una cosa abstracta y discursiva sino del rostro concreto del Esposo, el más bello de los hombres, presente en la naturaleza humana.

 

La pobreza de Jesús, entonces, es una nota de su humanidad, asumida por amor y, como tal, una exigencia del seguimiento. Jesús entrega su voluntad al amor y como tal es el modelo a seguir. Se trata de hacerse pobre por amor, ya que es el rasgo característico y la regla de la suprema perfección para quien quiera ser esposa del Señor. La esposa que intima con su amado hace la experiencia de abandonarse paulatinamente por medio de la intuición, del considerar, del contemplar y el deseo de emularlo. Es tanto lo que se ama que se desea llegar a ser como el amado. Esa es sin duda la perfección. Este movimiento de ascenso, que nos recuerda el itinerario buenaventuriano, persigue por medio de actitudes asociadas a lo femenino, (intuir, considerar, contemplar) generar un conocimiento íntimo y práctico del amado, que se traduce en un amor práctico, concreto y en los deseos de vivir cotidianamente este amor: vivir enamoradamente el seguimiento de Jesús.

 

Para Clara la santidad posee una dimensión de humanidad profunda a partir del hecho que la encarnación aconteció en el lugar del pobre. La pobreza de Jesús es una hecho que se enraíza en el amor de Dios por el mundo y el hombre. No se trata de la pobreza como un hecho sociológico o político, sino como una nota existencial humana que manifiesta la perfección cristiana. La perfección en el fondo es llegar a ser auténticamente humano, profundamente humano y bellamente humano.  Esta perfección es el intento cotidiano de vivir  en el amor concientemente reconocido como fuente de toda relación y actitud humana. La contemplación es el modo que las esposas tienen para vivir en profundidad el seguimiento de Cristo, es la manifestación de solidaridad con el mundo y el modo de estar cristianamente en el mundo. Ser perfectos es ser humano a imagen de la humanidad Cristo.



[1] L. Hardick, La Spiritualità di Santa Chiara, Milano 1975, 158.

[2] cita intertextual a Lc 17, 10

[3] J. Sanz Montes, “Illum totaliter diligas”: la simbología esponsal como clave hermenéutica del Carisma de Santa Clara, Madrid 1998, 315-439.

[4] Este termino lo va a usar en la 3CtaCl 18 y en 4CtaCl 9.

Esposas, madres y hermanas de Jesús

( pequeño comentario a la Carta a Inés de Praga de Clara de Asís)

 

 

 

 

Tito Fernández Cubillos, Ofm  

 

 

 

Diverses douceurs diverses couleurs

Tu ne m’es jamais étranger mon cœur

 

(Paul Eluard)

 

 

 

 

En el movimiento franciscano la idea teológica de la encarnación ha jugado un papel vital. No solamente por tratarse de una verdad de fe capital o como uno de los desarrollos teológicos neurálgicos de nuestra espiritualidad, sino como una de las vértebras que sostienen toda la visión cotidiana del mundo que el franciscanismo genera. La fe en la bondad de lo creado, el optimismo radical en la bondad del hombre y el mundo, sólo se entienden a partir de la experiencia de un Dios encarnado, es decir de un Dios que traspasa la humanidad y hace la experiencia radical de gestarse, nacer y perecer, de crecer y decrecer, de vivir y de morir...  Sin ignorar que al respecto existe mucha, y muy buena literatura, nos queremos centrar en algunos aspectos de la experiencia que Clara de Asís, la plantita espiritual del hermano Francisco, correlato femenino y delicado de nuestra experiencia fundante, hizo de la encarnación. En este sentido no podemos entender a Clara como sólo un “interprete de San Francisco”[1], aunque tenga una cierta dependencia de él a nivel de sus planteamientos

 

Para ello, nos centraremos en su Carta a Inés de Praga[2] (1CtaCl) donde la hermana Clara describe su experiencia de la encarnación a partir de algunas notas muy ligadas a lo femenino. La carta, desbordante de entusiasmo y alegría, después se abre mostrando a las Damas pobres como esposas(sponsa), madres (mater) y hermanas (soror) de Jesús en una cita a San Pablo[3].  Existe un interesante llamado a una relación íntima con Jesús centrado en el amor esponsal y con las funciones o relaciones que derivan de este. Observemos que en la tríada propuesta, tanto esposas como madres se sitúan en el campo de significado relativo al matrimonio, en cambio hermanas apunta a una experiencia de cercanía y compañía incondicional que es fruto de la experiencia de la unión entre hombre y una mujer, entendida en la óptica del matrimonio. Las tres son particularmente pertenecientes al rol familiar-cultural de la mujer a lo largo del tiempo. A partir de esto Clara articula una luminosa concepción de la fidelidad de las hermanas: ellas son las que deben escuchar la Palabra de Dios, engendrarla en su seno y darla a luz en la vida fraterna, es decir, intimar humanamente con la divinidad hecha hombre. Nada menos que hacerse familia de Dios.

 

Para Clara este Jesús  esposo posee una nota fuertemente emparentada con la encarnación: ya que refiere al Cristo pobre y crucificado[4] que enamora desde las primeras generaciones al movimiento franciscano. Cristo para manifestar la gloria de Dios se encarna acercando al hombre a su creador. Por medio de la pobreza y de la crucifixión Jesús experimenta radicalmente la experiencia de ser humano, la contingencia y la finitud –que todavía nos parecen enemigas-  son redimidas y exaltadas en su bondad de creaturas. La encarnación es la manifestación de un Dios amor que experimenta el drama existencial del ser hombre en el mundo, gracias a ella no hay nada ajeno a Dios en el hombre, ni en el hombre existe nada que Dios no conozca radicalmente. 

 

Este acercarse de Dios al hombre, la hermana Clara, lo percibe como una entrada concreta en la historia: viniendo al seno de una virgen, quiso aparecer como un hombre despreciado, necesitado y pobre[5]. No se trata de un Dios que toca tangencialmente el mundo, ni de la mera experiencia de una paradoja, sino de un Dios que entra en relación profunda con el hombre, que al hacerse indigente y pobre, experimenta la fragilidad humana, el equilibrio precario de la existencia, sin reventarlo desde dentro, sino que plenificándolo en su más radical humanidad. No es un Dios que se impone desde afuera al hombre, sino que un Dios que lo llama desde adentro, desde la materia, desde la cultura, desde la historia. El amor de Dios se vuelca hacia los hombres que eran pobrísimos e indigentes, al sufrir una falta extrema de alimento celestial. Dios como una buena madre, nutre de vida al hombre y lo invita a vivir en la alegría, lo provoca y lo acompaña, sufre y se goza con él. Podemos ver que no se trata de una experiencia de status quo, sino de una entrada en el delicado equilibrio en la experiencia de ser humano en el mundo.

 

La encarnación, que es toda la experiencia de Jesús del gestarse y nacer hasta el morir y resucitar, aparece ante los ojos de Clara como un programa de reconversión del mundo, una contralectura de entrada a la realidad que permite acercarse al hombre y a la vida en su más honda radicalidad. La pobreza no aparece como un límite de lo humano, sino como el inmenso confín en donde se enmarca la experiencia de la plenitud del hombre. Por eso acentúa la experiencia de la pobreza para sus hermanas, ya que no sólo implica un cambio de lugar en la lectura de los hechos y de la vida, sino que se convierte en una manera de ‘estar y posicionarse’ en el mundo. Es lo que la llena de inmenso  gozo y alegría espiritual. No se trata de una mera experiencia de solidaridad sino en una manifestación de intimidad amorosa en lo esencial, en lo humano, que convierte a las damas pobres en hermanas, esposas y madres, es decir en familiares cercanas de Jesucristo.

 

La plantita espiritual del Poverello descubre un programa de vida en este convertirse familiares a Jesús. Curiosamente, en la carta ocupa dos veces la tríada[6]: si bien el orden  esposas, madres y hermanas nos situaban en un campo de significado cercano a la idea de intimidad amorosa, maternidad vital y de comunión fraterna, como en una suerte de ir desde la vocación al mundo. Esposas revela un hecho de intimidad profunda, casi física, que nos sitúa en una experiencia de conocimiento afectivo, un centrarse en lo que se ama para volvernos inseparables en ello. Madres, como ya veíamos apunta a un servicio-función semánticamente sujeto a la experiencia de dar vida, dónde el contacto físico aparece unido a la dimensión de providencia y que se articula en un concentrarse y crecer acompañado. Y hermanas refiere a una experiencia fraterna de igualdad e incondicionalidad, una suerte de experiencia colaboración y responsabilidad que se vuelca hacia otros, un descentrarse y salir al mundo.  Posteriormente invertirá la tríada: hermanas, esposas y madres, anclando dicha inversión en la experiencia del seguimiento del Señor en la pobreza, encaminándose desde el mundo hacia la vocación. Este derrotero señala una dinámica de extroversión-introversión que le da a la experiencia fraterna (el estar con otros en el mundo) un contexto de expresión del seguimiento de Jesús radicado y orientado al encuentro íntimo con el Amado. Nos encontramos ante la intuición de una experiencia que va desde el mundo hacia la intimidad para retornar al mundo nuevamente. La gratuidad de la experiencia esponsal, la experiencia de agradecimiento de la maternidad y la restitución de la experiencia de las hermanas en el mundo.

 

La vocación de las hermanas se enmarca con este ir y venir hacia el mundo. Cada hermana es íntima del amado, es madre de las hermanas y es igual entre ellas. Este movimiento desde adentro hacia fuera propone un modelo de relaciones guiados por el afecto fraterno y por el seguimiento de Cristo entre los que sufren. Dios no aparece como un Dios abstracto y absoluto inalcanzable, ni tampoco como una realidad relativa –no nos olvidemos que relativo y absoluto son conceptos filosóficos, que no nos sirven para hablar propiamente de experiencias humanas- sino que muestra a un Dios de relaciones presente en el mundo de manera vivencial y concreta.

 

El seguimiento orientado por estas fuerzas ‘centrípetas y centrífugas’ de la mencionada tríada, posee una nota particular e inquietante: el despojarse de todo lo que no es esencial a una vida verdaderamente humana. La Hermana Clara lo resume gráficamente: El que está vestido no puede luchar con el que está desnudo, porque pronto echan a tierra a quién tiene por donde ser asido. Este estar desnudo habla claramente de la identidad que da estar unido a lo esencial, el desnudo se muestra como es en realidad, no posee nada que esconder y aparece en el mundo integrado a la creación en la profunda inocencia de ser genética y materialmente igual a todos. Ese es el sentido de despreciar las riquezas temporales y hacer penitencia: ganar el cielo a costa de la tierra, sin eludir la tierra, ni alienarse en la esperanza volátil de un más allá, sino que por amor, y en intimidad con lo amado, integrarse al mundo en la permanente novedad de un Dios en medio de los hombres. Un salir hacia el mundo y regresar del mundo encarnando la esperanza de quién sabe que ama libre y concretamente.


[1] Como lo señala Emore Paoli en “Introduzione alle ‘Opuscule Clarae Assisiensis’ Santa Maria degli Angeli 1995, 2223-2260.

[2] Inés de Praga, Beata, hija del rey Ottokar I de Bohemia, es una de las más grandes figuras religiosas del mundo eslavo. Fue una fervorosa admiradora de Santa Clara, propagadora y colaboradora en la implantación de la Orden en Bohemia. Conoce a las Damas pobres seguramente por los Frailes que se establecieron en Praga alrededor de 1232. La Carta, al parecer, fue escrita antes de Pentecostés de 1234, momento en que Inés entra en la “religión”.

[3] Cfr. 2Cor 11,2 a su vez inspirada en Mt 12,50.

[4] Santa Clara está citando Hb 12,12.

[5] Cfr. 2 Cor. 5,18.

[6] Esta tríada posee una cita intertextual a lo expresado por Francisco en 1Ctaf 7-10 y en 2CtaF 49-53.

11月12日

La religión de los nuevos tiempos

(La irrupción del mercado global)

 

 

 

Tito Fernández Cubillos              

 

 

Comparación entre las imágenes de los santos de las distintas religiones, por un lado, y los billetes de los distintos Estados, por el otro. El espíritu que se expresa en la ornamentación de los billetes.

 

(Walter Benjamin)

 

 

 

 

 

1) Un problema que aún no se problematiza del todo

 

Hemos escuchado muchas veces, especialmente en el contexto de Navidad o de Semana santa, la protesta contra el desarrollo de una religiosidad del consumo de la cual participamos todos. Pero el problema pareciera ser de un cuño más serio. En nuestros tiempos de pretendida posmodernidad y de un franco poscristianismo nos hemos arriesgado a encarnar y proponer una religión de acuerdo con los tiempos. Así, al plantearnos al mercado como un ente –abstracto- regulador de todas las relaciones humanas, hemos dejado que ocupe los espacios aglutinadores de la vivencia humana, particularmente en la esfera religiosa. No podemos negarnos al hecho casi cotidiano del mercado, que ha desplazado a las ideologías, que está desplazando la política y de manera muy sutil ha comenzado a ocupar los espacios de la religión.
 
Pero no se trata de un problema nuevo, de alguna manera Max Weber lo intuía en su célebre Ética protestante y espíritu del capitalismo, al darse cuenta que
 había una relación estrecha entre capitalismo y religión protestante y que Walter Benjamín, el genial e inclasificable pensador alemán, en los años 20 desarrolla en un lúcido artículo bajo el título El capitalismo como religión”. Benjamín entiende al capitalismo, no como una mera construcción religiosamente determinada (a diferencia de lo planteado por Weber), sino que lo describe como un "fenómeno esencialmente religioso". Con el advenimiento de la Reforma protestante, que va a cambiar radicalmente la fisonomía de comprensión del cristianismo, no sólo surge una rama cristiana que se identificara favoreciendo la formación del capitalismo, sino que el cristianismo mismo se trasforma en capitalismo:
 
El cristianismo no favoreció en tiempo de la Reforma el surgimiento del capitalismo, sino que se transformó en el capitalismo....
....Capitalismo es una religión que consiste en el mero culto, sin dogma. El capitalismo se ha desarrollado en Occidente –como se puede demostrar no sólo en el calvinismo, sino también en el resto de orientaciones cristianas ortodoxas– parasitariamente respecto del cristianismo, de tal forma que, al final, su historia es en lo esencial la de su parásito, el capitalismo.
 
Brillantemente, Benjamín, señala que el capitalismo comporta una religión, porque se articula como una devoción de culto, centrada en el más extremo utilitarismo, que como culto posee una duración permanente enfocada desde una autogeneración del éxito, una ebria celebración de los balances y de los beneficios y una orgía del consumo, deudora de una laboriosidad cúltica que no conoce fronteras. Como religión es una religión de la opresión, porque lejos de liberar de la culpa, el culto capitalista culpabiliza por sí mismo y Dios debe ser ocultado, invisibilizado, para dar paso a los sucedáneos de consumo: los nuevos rostros de Dios para los hombres. Benjamín lo formula así:

Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios, inquietudes, a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones. La verificación de esta estructura religiosa del capitalismo no sólo, como creía Weber, en cuanto forma condicionada religiosamente, sino en cuanto fenómeno esencialmente religioso, llevaría todavía hoy al extravío de una polémica universal exagerada. No nos es posible apretar la red en la que nos sostenemos. Sin embargo, en el futuro se apreciará eso.
 
Mientras desarrollaba las primeras líneas de mi reflexión me parecía que, plantearse este problema del capitalismo como religión, pudiera ser desfasado ante la promesa exitista y de eterno bienestar que hegelianamente nos ofrecen los misioneros del neoliberalismo, pero sin duda, lo que dijera Benjamín del capitalismo nos puede servir para entender al neoliberalismo, para pensar seriamente en lo que nos estamos metiendo o simplemente y amurrarnos y quedarnos fuera del juego.

 

2) Esta religión que no religa

 

Pensar críticamente el neoliberalismo –ahora que todos inexorablemente somos de derechas- es darse contra el muro, casi como en la Edad Media cuando se elaboraba una crítica a la cristiandad, a la doctrina o a la fe. Sencillamente es mear sobre la torta de cumpleaños y arruinar la fiesta. Pero para nadie es raro que el neoliberalismo se configure como un sistema inflexible de creencias universales que funciona tal como una religión monoteísta de tendencia rígida y deshumanizadora. En ella el Mercado suplanta al Dios de las religiones monoteístas tradicionales y se apropia de sus viejos atributos: omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia, providencia. En este sentido se configura como una metafísica implacable donde el mercado aparece como un Dios único y celoso, que no admite rival, ni divino ni humano. Proclama –con la misma furia con que el catolicismo lo hiciera alguna vez- que “fuera del mercado no hay salvación”, mientras que excluye de la posibilidad de salvación a la mayoría de la población del Tercer Mundo y a amplios sectores del Primer Mundo. Si nos gustan las cifras hablamos casi en total de más de dos terceras partes de la humanidad.

 

Y como buena religión que se imponga y se respete, el neoliberalismo o ‘la religión monoteísta del mercado’ tiene sus textos canónicos que exponen la doctrina económica, sana y ortodoxa. Y posee sus padres espirituales:  Von Hayek y Friedman, que expresan  la visión del mundo, con un marcado carácter dualista –casi esquizofrénico-, donde se disocian hechos y valores, ética y economía, individuo y sociedad, trabajo y placer, libertad e igualdad. Esta religión considera heréticas todas las criticas a su doctrina económica, y los califica de demagógicos, desfasados o simplemente los ignora aplastando toda oposición. Y como religión también celebra: en sus asambleas litúrgicas, en las reuniones del G-8, BM, FMI, OMC, donde se toman las decisiones acerca de la economía mundial, y que afectan –sin vuelta para darle- en su mayoría a los países subdesarrollados. Éstos, que no intervienen ni pueden ejercer el derecho de veto en dichas asambleas y a quienes se les promete un futuro como el presente de las naciones ricas, se ven obligados a aceptarlas y ponerlas en práctica so pena de terribles sanciones que repercuten severamente en las mayorías populares, ya de por sí marginadas. Reprime las manifestaciones de los movimientos de resistencia global por considerarlas atentatorias contra el "sagrado" orden establecido. Decirse no-global o tratar de mantenerse fuera del neoliberalismo significa lo mismo que haberse dicho ateo en otras épocas.

 

Nos encontramos que la religión del mercado dispone de eficaces vías de influencia en la opinión pública, como son las llamadas "biblias de inversores y especuladores de bolsa" (cosa que, según dijo el teólogo Juan José Tamayo, es una idea original de Ignacio Ramonet): Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, y todas sus versiones regionales, que anuncian el "evangelio de la felicidad" del neoliberalismo y defienden la privatización como solución a todos los problemas. Posee también sus sacramentos encarnados en los productos comerciales que se publicitan a través de una atractiva simbólica venal, cargada de mensajes subliminales orientados a crear necesidades que la mayoría de la gente común no puede satisfacer, y a motivar el consumo de manera compulsiva. Todos pueden participar, aunque la verdad pocos puedan realmente hacerlo.


3) Las raíces  teóricas de la religión neoliberal

 

Junto con el transformarse del Cristianismo en el Capitalismo a partir de la reforma, Benjamín cree que el tipo de pensamiento religioso capitalista se encuentra extraordinariamente expresado en la filosofía de Nietzsche. El desarrollo religioso capitalista llega a su punto de cocción con el advenimiento del temido filósofo del bigotón. La idea del superhombre pone el salto apocalíptico no en la conversión, expiación, purificación, penitencia, sino en el acrecentamiento aparentemente permanente, pero, en el tramo último, discontinuo y a saltos:

 

El superhombre es el hombre histórico conseguido sin conversión, que ha crecido tanto que sobrepasa ya la bóveda celeste. Esta voladura del cielo por medio de un acrecentamiento de la condicionalidad humana, que religiosamente es y se mantiene (también para Nietzsche) como endeudamiento, la prejuzgó, predeterminó Nietzsche. Y en forma parecida, Marx: el capitalismo incorregible se volverá, con intereses e intereses de intereses, cuya función es la deuda (véase la ambivalencia demoníaca de este concepto), socialismo.

 

Otra vertiente la encuentra en la teoría freudiana, entendida como parte de la dominación sacerdotal de este culto, Ya que está pensada de una forma totalmente capitalista: Lo reprimido, la imaginación pecaminosa, es, por profundísima analogía que habrá aún que iluminar, el capital, que es explotado por el infierno del inconsciente. Pero Benjamín, en su inconstancia natural –la queja es de su amigo Theodor Adorno- nos deja con una duda para rumear respectos del origen de la religión de mercado:

 

Metódicamente habría que investigar primeramente qué conexiones estableció en cada momento a lo largo de la historia el dinero con el mito, hasta que pudo atraer hacia sí tantos elementos míticos del cristianismo y constituir ya así el propio mito.

 

4) La más trerrible expansión Misionera

 
              
La religión neoliberal ha alcanzado una gran difusión gracias a la gran red orgánica de templos profanos que posee en todo el mundo: los bancos, a cuyos sucursales con sus mostradores y ventanillas –cuales confesionarios y altares- se acercan los fieles-clientes con el mismo respeto y las mismas reverencias que en otro tiempo los creyentes en sus templos. Posee las grandes superficies comerciales, verdaderos lugares de peregrinaciones masivas, catedrales y santuarios, para los consumidores de todas las ideologías y credos. No hay un lugar del mundo en donde no nos encontremos con una estructura medianamente dispuesta para su culto. Esta religión posee y practica sacrificios, pero no en modo simbólico, como las demás religiones, sino en todo su realismo. En los altares de la llamada ‘globalización neoliberal’ (para mi otro seudónimo del imperialismo económico) se sacrifican diariamente vidas humanas: pobres, niños, mujeres, discapacitados, marginados y excluidos del sistema por el propio sistema. Pero también adquiere dimensiones cósmicas, porque en el mismo altar se sacrifica la vida de la naturaleza a través de la tala de los bosques, de la contaminación del aire, de los ríos, de la vegetación, de los cultivos, etc. Y para que nos quedemos tranquilos inventa teorías y propuestas bajo el ‘logo’ de la
ecología: es decir una forma de destrucción racional del ambiente. Y todo se hace ad maiorem capitalismi gloriam”.

 

Pensemos que si en la enseñanza de Jesús de Nazaret, que toma cuerpo doctrinal en el cristianismo, predominaba la misericordia por sobre los sacrificios y la ley, en la religión del mercado por medio de la “preocupación” predominan los sacrificios y la hegemonía de la ley. Esta “preocupación” es lo que Ortega y Gasset llama la alteración, este estar permanentemente acechado por otro, o por lo otro. Si en el cristianismo se postulaba el perdón de las deudas, aquí se impone el pago hasta el último céntimo y eso es la mayor fuente de preocupación de nuestros días: ya no es no caer en tentación sino más bien, no caer ante el peso de las deudas. Benjamín lo grafica así:  

 

Las preocupaciones: una enfermedad del espíritu que es propia de la época capitalista. Situación de aporía espiritual (no material) en pobreza, mendigos, monacato. Una situación que carece tan absolutamente de salida es culpabilizante. Las preocupaciones son el índice de esa conciencia de culpa por la ausencia de solución. Las preocupaciones surgen por el miedo a la aporía de tipo comunitario, no individual material.

 

Esta religión cuenta con su propia organización basada en un ‘alto clero transnacional’, representado por organizaciones bien conocidas por nosotros (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio) que gozan de un poder no directamente legitimado y lejos de cualquier participación democrática. Un clero que predica, con fervor y el celo misionero, un credo económico único, al que se ha convertido la mayoría de los Estados del planeta, especialmente los más pobres, esperando un día gozar de tanta maravilla. Si el neoliberalismo posee pretenciones metafísicas, las encarna en un terrorismo salvaje de lo uno. El esfuerzo de estas entidades misioneras se basa en convencerlos de que por medio de adecuación a la práctica de ese credo puede salvarlos del caos en que viven sumidos. La idea es de hacerlos entrar "en el santoral de la prosperidad", por medio de la penitencia que imponen los severos ajustes estructurales, que permitirán la virtud moral económica necesaria para participar de tamaña novedad. Benjamín lo concibe del siguiente modo:

 

Contribuye al conocimiento del capitalismo como una religión el darse cuenta de que, en primerísima instancia, los infieles seguramente concibieron la religión no como un interés más elevado, moral, sino como el más inmediato prácticamente, de que, con otras palabras, fueron tan poco conscientes como el capitalismo actual acerca de su naturaleza ideal o trascendente, que vieron, más bien, en el individuo irreligioso o heterodoxo de su comunidad un miembro inequívoco de ella, igual que la burguesía actual en sus miembros no productivos.

 

          Ninguna religión ha sido capaz de extender de manera tan eficaz y universal su credo como la del mercado. Todo gracias a pensadores capitales (y cínicamente despiadados) como Michael Novak, quien, tras intentar demostrar que el capitalismo es el mejor modelo económico por las riquezas que genera, la excelente distribución de las mismas y el logro de los mayores niveles de felicidad, planteándose seriamente que la ‘tradición judeo-cristiana es el suelo de ese sistema económico’ y constituye un aliciente para la "ética de la producción", si es que existiera una ética tan resistente. Otro de los pilares del mercado es Michel Camdessus, ex secretario general de la Fondo Monetario Internacional y actualmente vinculado a los asesores del Vaticano en materia de ética económica, quien presenta a los empresarios cristianos como "los administradores de una parte en todo caso de esta gracia de Dios -el alivio de los sufrimientos de nuestros hermanos- y los procuradores de la expansión de su libertad".  Todo un deslumbrante teólogo. Pareciera ser que el hombre en resumidas cuentas propone la necesidad unir en santo matrimonio al mercado mundial y al reino de Dios universal como condición necesaria para una mayor producción y un mejor reparto de los bienes producidos. Pero sabemos – desde Carlomagno a nuestros días, y para desilusión de Hegel y Heidegger- que el fracaso de los regímenes de cristiandad, y todas sus manifestaciones temporales, son un fracaso, un cuento viejo.

 

Hay que estar muy atentos con esta religión, y con sus pensadores-teólogos, porque a pesar de hacer suyos en su discurso muchos elementos de una opción por los pobres, aunque sólo de forma retórica, cuando en la teoría y en la práctica legitiman el sistema que causa la pobreza, dejando en sus aplicaciones cadáveres por doquier, lo que resulta incompatible con el Dios de la vida de la mayoría de las religiones. Y eso ciertamente no tiene nada que ver con lo religioso. No basta afirmar principios igualitarios parecidos a los del cristianismo, tomando en cuenta que cuando se hacen realidad en la economía de mercado sólo generan desigualdades sin límites y cada vez más profundas. “El capitalismo ha triunfado”, decía Pier Paolo Pasolini en los años 50, y pareciera que tenía razón de sobra, sobretodo si nos convertimos de llena a esta nueva religión pudiera ser de una manera definitiva, sospecha que el genial Benjamin ya proponía en los inicios del siglo pasado y que nos pena como un fantasma en los nuevos tiempos.

 

 

Roma 12 de noviembre de 2005
11月11日

Francesco nel teatro del mondo

In questi giorni di preparazione alla festa del nostro fratello Francesco, poverello di Assisi, noi come frati vogliamo fare memoria di un uomo che ha incarnato la memoria del vangelo nella propria vita. “Fare memoria” è ricordare, cioè “passare due volte per il cuore”, rendere presente in maniera forte nella nostra vita quello che Francesco ha vissuto nella propria esperienza, lasciandosi trapassare dal Vangelo, che non è altra cosa che la memoria di Gesù nel tempo di ogni uomo.

 

            Il vissuto del Vangelo Francesco lo ha fatto vivere nella innocenza di quelli che capiscono e vivono nella vita come bambini, sotto lo sguardo tenero e provvidente dei loro genitori, senza nessun altro bisogno che quello di crescere e di svilupparsi. Questa innocenza è comporre la vita come un continuo ritornare, come il ritmo di una melodia, in cui il vangelo è un modo di essere nel mondo. Non si tratta di dividere o separare il mondo dal progetto del vangelo, ma di giorno in giorno fare del proprio vissuto un dialogo, un incontro e una devozione. Questo mettere insieme è il riconciliare la natura e la grazia, camminare nella gratuità e fare della vita un cantico di restituzione. Francesco non si annulla (la kenosi è abbassamento, ma non annienta l’uomo) davanti al Dio che gli si avvicina amorosamente, tutt’altro, nel suo rapporto attivo e amoroso con Lui si trova con la autenticità della sua vita come un fiore aperto al mondo, capace, nella sua fragranza, di parlare dell’amore e di narrare la sua vita come un incontro di amore.

 

            Francesco capisce che il Mondo è il grande Teatro (come direbbe Lope de Vega) dove ogni uomo ha un ruolo da rappresentare, non soltanto come una recita, ma come una metafora vivente di ciò che si è nell’esistenza.  Francesco capisce che il ruolo che gli compete è quello dell’autenticità, dell’uomo che con radicalità vuole sperimentare nella propria vita l’amore. Un amore che ha un volto concreto: quello del Redentore. Così, Francesco diventa una metafora del vangelo, memoria vivente dell’amore di Dio per l’uomo in Gesù, il Salvatore. Un segno dell’amore che non è amato. Francesco nel grande teatro del mondo rappresenta il vangelo che porta all’autenticità umana, all’innocenza esistenziale e alla dimensione ludica di quello che ama, e si lascia trasportare dal suo amore. Al punto di voler portare nel suo corpo i segni del crocifisso, di chiedere di sperimentare la sofferenza del Redentore, i suoi dolori, come una manifestazione del suo amore profondo per Dio, per l’uomo e il mondo. Francesco arriva a dire: “Conosco a memoria Gesù povero e crocifisso”, e conoscere qualcosa a memoria è senza dubbio fare parte di essa.

 

            Francesco gioca (nel senso profondo che capiscono solo i fanciulli) a fare della sua vita un riflesso del vangelo. Come uno specchio mostra ciò che lo attira, sostiene e dà vita: l’amore senza limite del Dio fatto uomo. I suoi biografi ci parlano di un Francesco che a Greccio “gioca” a ricreare il presepio, del fascino che sente per i momenti chiave della Salvezza. Ci parlano di un uomo che si fa preghiera con tutto il suo corpo, che si avvicina alla natura e diventa parte di essa come un fratello; di un uomo che capisce che tutto canta  al creatore con la sua esistenza, unendosi a tutto quello che è, come una voce viva nel mezzo della sinfonia della vita.

 

 Questa è proprio la novità dell’esperienza di Francesco, quella di impegnare tutto se stesso, spirito e corpo, nella rappresentazione del ruolo del vangelo nella vita dell’uomo, al punto di fare della Danza macabra, la danza della morte in quanto fine certa e irrevocabile dell’uomo, un carnevale di gioia e speranza, proprio come Gesù nella resurrezione. Francesco danza la vita fino a incontrare la morte, che invece di fermarlo e limitarlo, diventa per lui un confine, una porta aperta sulla la vita in abbondanza, sulla gioia senza limiti, sull’incontro con l’amore e l’amato. Questo messaggio di speranza è quello di cui facciamo memoria adesso nella nostra vita. È per noi una sfida a rappresentare con la nostra vita, nel grande teatro del mondo, la danza del vangelo, la gioia del risorto e la speranza della misericordia che è per tutti.

 

Fr. Tito