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el arte deToromazotecaminata sub lunar por valparaíso boca arriba August 24 Also Spracht dicht Eloisa...March 10 Cum gaudio nuntio Vobis: Habemus Eloisam!!!!!Les presento a la Eloísa Luna Fernandez Mancisidor....(vi presento alla Eloisa) Primer día de vida -primo giorno di vita- O primer dia de vida Tempranamente manifiesta su preocupación por el sistema escolar vigente en Chile...
eso que no ha visto todavía a Yazna Provoste
Eloísa Luna, nacida el 8 de marzo después de un aguacero
pesó 3 kilos 300 y midió 49 centímetros
Cansada de la tarea de nacer (a sabiendas que nacer siempre es un dolor -dice Galeano)
durmió todo su primer día en compañía de sus padres y familiares
más algunas visitas a las que ignoró para poder dormir como Dios manda...
El padre (ligeramente conmocionado y ampliamente maneado) toma en brazos a la Eloísa
que no entiende que pretende este buen hombre. posteriormente el Padre declararía que la emoción
que posee en estos momentos solo es comparable a la conciencia de estar vivo en medio de un concierto de U2....
Madre e Hija posan tranquilamente ante el ojo mecánico
La Madre mira con ternura a su esposo, seguramente un poco impresionada de los esfuerzos
sobrehumanos que realiza ya que no logra entender como se hace un soneto alejandrino,
como funciona un sextante, qué dice Pedro Carcuro cuando habla y como se cambia un pañal...
January 31 Bienvenida Eloísa!!!!! (Preparación Remota)Pedro Abelardo y Eloísa
Pedro Abelardo (1079-1142) fue un gran filósofo y pensador medieval. Abelardo, además de la práctica de la enseñanza, fue conocido como artista porque dedicó mucho tiempo a la ejecución y cultivo de la música, componiendo en lenguaje sencillo y usando lengua romance canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera sus estudiantes. Tal vez ese sería el fondo de su relación con Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París, a quien conoció alrededor de 1115; este le confía la educación de Eloísa, como su preceptor, cosa que hace tan bien que terminaron enamorándose y durante un tiempo mantienen su relación en secreto, durante los años 1117-1119. El escándalo explota al saberse que Eloísa espera un hijo.
La historia se vuelve más escabrosa, ya que al explotar el escándalo Abelardo secuestra a Eloísa y la lleva a casa de su hermana en Le Pallet. Recordemos que para ser catedrático de la universidad de París se requería el celibato como requisito. Fulberto, a este punto ya vuelto el enemigo más implacable de Abelardo, exige reparación por medio del matrimonio (no sin la reticencia de Eloísa, seguramente consciente de las consecuencias para su Amado), que acaba celebrándose en secreto. Fulberto, para lavar el honor de su sobrina, difunde la noticia. Abelardo, según su propia autobiografía, molesto por haberse difundido la noticia (que evidentemente le quitaría las cartas patentales para la enseñanza) en un intento de apaciguar las aguas envía a Eloísa al monasterio de Argenteuil. Fulberto, sintiéndose engañado revienta en cólera, soborna a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, proceden ‘a reparar’ el agravio, dándole una paliza, que termina con la castración de nuestro héroe (¡!) para después huir como buenos y valientes vengadores. La justicia tomo presos al mal criado y a algunos de los agresores, recibiendo un castigo proporcional a la falta: la mutilación de los ojos, además de la castración, en tanto que el canónigo Fulberto –que corrió la suerte de los influyentes de la tierra- fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes, cosa que seguramente le dolió más que el ostracismo. Abelardo, humillado, se esconde durante un tiempo en Saint-Denis donde trata de vivir como monje, y manda a Eloísa hacerse monja en Argenteuil, seguramente bajo presiones y para evitar mayores desgracias y calamidades. Del hijo – Astrolabo- nunca más se supo. Del destino de ambos haremos mención más adelante.
Las cartas existen en varias versiones: Cartas de Abelardo y Eloísa, Trad. y notas R. Santidrián y Manuela Astruga, Alianza, Madrid, 1993., Cartas de Abelardo y Eloísa, Historia Calamitatum, Trad. de Cristina Peri-Rossi, Hesperus, Barcelona , 1989.
Abelardo y Eloísa January 21 Tiempo Blanco (Hodie mihi, cras tibi)Tiempo Blanco (Hodie mihi, cras tibi) Me da escalofríos pensar en todos aquellos que, sin estar hechos para mis ideas, se reclamarán de mi autoridad. (F. Nietzsche, Ecce Homo) Pokriva nas tama joj./ A ja se pitam moja draga,/ Sta ce biti sa nama? (La oscuridad nos tapó,/ ¡ay! Y yo me pregunto, mi amor, /¿qué será de nosotros?) (G. Bregovic-E. Kusturica- Mesecina,)
Acabamos de llegar de una visita a Cartagena. Fuimos a oír la música de Goran Bregovic en una ciudad que agoniza entre el olor a mierda y desperdicios. Cuesta imaginarse el elegante y exclusivo balneario de principios de inicios del siglo XX, entre tanto abandono, tanto abolengo desvencijado y destartalado, tanto pasado esplendor opacado por tan profunda y fiera dejadez. Es como si el paisaje se hubiera llenado de inquilinos, de hijos ilegítimos, de prostitutas viejas que graciosamente dan el paso a los travestis que pululan las ampolletas pintadas de colores con témpera. Parece que los veraneantes se fueron hace años y se quedaron los fantasmas y los más pareas de nuestra sociedad de mercado. Pareciera ser un punto de encuentro de las bandadas migratorias que no tienen a donde ir. Cartagena, en el tiempo y con el tiempo, se ha convertido en el resumidero, en la cloaca, en la canal que arrastra la humanidad en carne viva de un Santiago que hiere de muerte todo lo que queda cerca de su corazón que bombea basura, veneno y desencanto. Al lado del mar y tan próximo a Santiago. Artaud decía que dónde huele a mierda, allí está el ser… una vuelta por la antaño fastuosa terraza, entre la playa chica y la grande es un dar un paseo por lo que ha ido dejando de ser y que hiede, en la medida que deja de ser, con más fuerza que cuando era. No se trata solo de los palacios y castillos de madera que en el tiempo dieron paso a hoteles y residenciales, que a su vez dieron espacio a casas abandonadas, entregadas a su suerte de grietas y cornisas desprendiéndose, sino del hedor nauseabundo de la nada que se trepa por cada escala, atraviesa cada madera, se mezcla por entre cada caja de vino dejada en su vacío a su suerte, por cada bolsa de basura entregada al viento, por entre cada pañal de guagua o toalla higiénica que, después de utilizado, engrandece el repertorio arqueológico de la costa central, entre huesos de pollo, latas de cerveza y cáscaras de huevo. Así es que los que vienen a habitarla, ya no dejan su nombre escrito en las paredes, sino que dejan su mejor mojón y sus mejores papeles con caca en los recovecos de una ciudad que soñó ser la copia feliz del edén y no el wáter a tajo abierto más grande del pacífico. La mencionada terraza da cuenta, como un cordón umbilical del desuso en avance, del estado tendiente a la nada de la ciudad, que va desde miradores, restaurantes, el retén móvil de carabineros, los quioscos donde hacen tatuajes o trenzas bahianas, los juegos electrónicos, la lotería familiar, el santuario de la virgencita inmaculada, las casa que, por sus ojos ciegos, ya no miran al mar. Todo como una acequia que arrastra meados y mierda, hombres y mujeres, de años de mala memoria y poca voluntad. La gente que vive en ella –en invierno- tiene los ojos llenos de nostalgia azul y marítima, para llenarse de una rabia parecida al amarillo-café del destierro. No sacamos nada con recordar, en vilo por la duda de si era como lo contamos, la casa de Vicente Huidobro, Poli Délano o el tremendo suicida Tellier. Ellos viven en los libros, mientras que la ciudad vive en las grietas que conducen al desmoronamiento edilicio de un sueño al que llagaba en tren la fina selección oligarca y clasista, y que hoy está poblada por sombras, por espectros que por quina venden el alma al diablo con la novedad para los regalones. Es que ahora se llaga en buses piratas, proscritos de la ciudad, pero que dejan su cargamento cada verano para que desparramen su bulla e intranquilidad por todas partes. Todos tienen derecho a veranear. Recuerdo haber amado esa ciudad en los veranos de la infancia, en casa de la Señora Lola, entre pitus porus y los pinos, duchándose con la manguera en el patio luego de un tremendo día de playa, sin saber de lo nocivo de los rayos UV o de la contaminación de la playa, o en la tarde vagando por la Marina hacia los juegos y los quioscos de novedades playeras, cuando ser flaite no era un pecado capital, Bregovic no había salido de los Balcanes y el mundo olía a mierda fresquita y no a esa nada nauseabunda que avanza por este país sin memoria, ni tenía esta sensación de estar escribiendo un réquiem para algo muerto en mi mismo.
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